Ególatra, delator, artista único

Posted by : Le poinçonneur | 5 sept. 2009 | Published in

Fue un tremendo ególatra y un delator. Pero su cine ha sobrevivido a sus debilidades y a sus canalladas. Su talento como descubridor y director de actores nos ha dado nombres imprescindibles. Elia Kazan nació hace 100 años -el 7 de septiembre de 1909- en una ciudad llamada entonces Constantinopla, hoy Estambul. Los suyos fueron víctimas de los pogromos turcos contra los ciudadanos de origen griego, y buscaron un nuevo comienzo en Estados Unidos. América, América (1963, la preferida por él de entre sus películas, según contó en 1984 a esta periodista) dio buena cuenta de aquella historia y nos conmovió. Antes lo hizo con Esplendor en la hierba (1961), Un rostro entre la multitud (1957), Al este del Edén (1955), La ley del silencio (1954), ¡Viva Zapata! (1952), Un tranvía llamado deseo (1951) y Pánico en las calles (1950), sus obras maestras, algunas de las cuales le proporcionaron un par de oscars al mejor director y cubrieron de premios a sus colaboradores.

Ninguno tan controvertido, sin embargo, como el Oscar honorífico que le dieron en 1999, en atención a su labor de toda una vida. Eran palabras mayores, y la comunidad progresista de Los Ángeles -incluidos los supervivientes de la caza de brujas con la que Kazan colaboró en los cincuenta- se movilizó con manifestaciones y ruedas de prensa. Nick Nolte y Ed Harris permanecieron en sus asientos, sin moverse, cuando el público se puso en pie y ovacionó a un Kazan que parecía disfrutar tanto del éxito como del rechazo.

Nunca se arrepintió de lo que hizo. En sus memorias contó que pensaba realmente que el comunismo tenía que ser erradicado de Estados Unidos. Ni una palabra contra la paranoia antirroja que sacudió a su país de elección durante aquella década maldita. Orson Welles escribió que los chivatos hablaban para conservar sus mansiones y sus piscinas. Elia Kazan delató a miembros del Group Theatre de Nueva York, que había fundado con Clifford Odets, Lee Strasberg y Stella y Luther Adler, entre otros. La traición de Kazan tuvo el lamentable efecto de inaugurar la lista negra teatral, que hasta entonces había resultado difícil de establecer por el mccarthismo. Y, de paso, se quitó de encima a un puñado de competidores. Nunca podremos saber cómo la ausencia de rivales repercutió en la singularidad y el esplendor de su carrera, tanto en Broadway como en Hollywood.

Un siglo después de su nacimiento, sí sabemos que todos están muertos: él mismo, aquellos a quienes denunció, los perseguidos por el senador McCarthy y el Comité de Actividades Anti-americanas, el propio senador... Quedan las obras. Queda el cine. Y, ocupando un lugar de honor, el cine de Elia Kazan.

Le conocí en Madrid hace 25 años, como he dicho, en ocasión de un encuentro organizado por personalidades teatrales españolas para homenajear al dramaturgo Tennessee Williams. Kazan, cuya inteligencia deslumbraba, contó maravillas del fallecido escritor. Fascinada por su talento, la audiencia nada le preguntó de su pasado político -igual que yo tampoco lo hice cuando le entrevisté: se me caía la baba escuchándole-, y sólo se crispó un poco cuando le preguntaron por John Garfield, que había protagonizado para él La barrera invisible (1947) y que, víctima del ostracismo a que le sometió la caza de brujas, sin trabajo y enfermo, falleció de un ataque al corazón a los 39 años. Su antiguo director dijo en Madrid que no le gustaba hablar de él.

Kazan, que confesaba haber aprendido el arte del plano largo viendo las películas de John Ford, liberándose así de la tiranía del primer plano, instrumento que las stars utilizaron para medrar e imponer sus condiciones en los años treinta y cuarenta, fue también, sin embargo, un fabricante de estrellas. Claro que las suyas rompieron con todo lo anterior. Una nueva generación de actores y una forma de interpretar que se apartaba de todo lo anterior surgieron de la casa cuna para talentos que fue el Actors Studio -del que fue uno de los fundadores-, la escuela en donde se enseñó el famoso método Stanislawski, y de la que surgieron gente como Marlon Brando, James Dean, Montgomery Clift, Paul Newman y, posteriormente, Al Pacino, entre muchos otros. Al Actors Studio acudía la pobre Marilyn Monroe en busca de respetabilidad en los tiempos en que estaba casada con Arthur Miller, el escritor y dramaturgo que fue gran amigo de Kazan -que montó varias de sus piezas teatrales- hasta la delación. Sin embargo, Miller fue uno de los que apoyaron que se le concediera el Oscar honorario: tal vez por entonces ya había aceptado su propio egoísmo. Pues Miller no traicionó a nadie, pero cuando tuvo un hijo retrasado lo alejó de él y lo hizo encerrar en una lamentable institución, y se negó a verle por siempre jamás. Miserias.

Elia Kazan, durante aquella visita que hizo a Madrid, parecía muy satisfecho de sí mismo. Es algo que se nota mucho en los hombres famosos, por la actitud de sus esposas. La de Kazan, Frances, le miraba con esa atenta devoción, un poco temerosa, de quien hace lo imposible para que el otro lo encuentre siempre todo a punto. Él hablaba y hablaba, y luego pedía copia de las cintas para usarlas cuando escribiera sus memorias, cosa que hizo poco más tarde. Era también un buen novelista. Y le gustaba escribir: podía hacerlo a solas, reunido con la persona que más le gustaba en el mundo, él mismo.

Fue capaz de crear películas y personajes emocionantes. Cualquiera que sea lo que uno quiere ver en La ley del silencio, bien una elegía de la delación o una denuncia de los sistemas totalitarios -como el sindicalismo portuario mafioso-, lo mejor del filme será siempre la delicadísima historia de amor entre Eva Marie Saint y Marlon Brando.

Como sutil e intensa era la relación entre Warren Beatty -otro descubrimiento de Kazan- y una increíble Natalie Wood siempre caminando sobre el filo de la navaja; y en ¡Viva Zapata! la excelente secuencia de la noche de bodas, con Jean Peters enseñando a leer al rústico Marlon-Emiliano.

Elia Kazan, un artista único.

Maruja Torres, El País, hoy.

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