
Los más imprudentes -por no llamarlos directamente estúpidos- defienden que la ingenuidad es un defecto de ignorantes, cuando, en realidad, los lerdos son ellos mismos, prisioneros de su estrechez. La ingenuidad, a qué decirlo, es, a veces, virtud nobilísima.
Ingenuidad, al cabo, es lo que desprenden las palabras de Antonio Muñoz Molina en las diferentes entrevistas que está concediendo a propósito de la presentación de La noche de los tiempos, su última novela. La obra, ambientada en la Guerra Civil, ofrece una visión novedosa en la que, casi por primera vez, alguien que se confiesa de izquierdas critica los desmanes que su -mi- teórico bando cometió durante la contienda. Polemista, se atreve, además, a poner en solfa a personajes como Rafael Alberti, icono comunista incólume hasta la fecha que asistía a fiestas de disfraces mientras Miguel Hernández chupaba trinchera en Jaén.
Hasta ahora, como bien señala el multipremiado Muñoz, de la realidad de la Guerra sabemos, a la vez, poco y mucho. Poco, sin nos atenemos a las crónicas de muchos historiadores -que de tales tienen apenas nada-; mucho, quienes hemos tenido abuelos -e incluso padres, como es mi caso- que vivieron la tragedia en primera persona. Por encima de tesis sobre motivos y conspiraciones, la verdad estriba en el día a día, no ya de quienes estuvieron en primera fila, sino, también, de los que padecieron en la retaguardia.
De cómo mi abuelo -combatiente republicano- no volvió a mentar jamás sus experiencias en el campo de batalla, del que, a diferencia de tantos, tuvo la suerte de regresar. De cómo mi abuela -su mujer- tuvo que esconder en un baúl las cuatro imágenes de santos que tenía para evitar que las quemaran en la plaza del pueblo los milicianos del bando de su marido.
De cómo uno de mis tíos, reclutado con la Quinta del Biberón, mataba soldados nacionales en el frente pocos días después de cumplir los dieciocho años.
La loable ingenuidad de Muñoz Molina reside en pretender que este país cainita se ponga de acuerdo para establecer una verdad histórica que cierre las heridas de más de setenta años de rencor. Un pacto entre historiadores, se atreve a pedir el escritor. Difícil ilusión donde la palabra se usa más como arma que como fundamento.
El candoroso autor de Úbeda, como puede verse, aún no ha comprendido qué es España, a pesar de sus años de investigación histórica. Afortunado él, y afortunados nosotros, ya que gracias a su bisoñez -y a la de algunos otros- podemos escuchar propuestas que nos permitan, al menos, soñar con un futuro mejor.