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El hombre del traje anticuado*

Posted by : Le poinçonneur | 17 ene 2013 | Published in


Hoy tampoco tenía un motivo para madrugar y, sin embargo, lo ha hecho.

Con el automatismo que da la rutina de muchos años, el hombre se ha repasado la barba -afeitado sobre afeitado- y ha rematado la faena con un enérgico masaje de Floïd. Después, y como todos los días desde que empezó la pesadilla, se ha vestido con la ropa que colgaba del galán, a los pies de su cama. La camisa, la corbata, los pantalones, y finalmente la chaqueta -de un traje algo anticuado- han abrazado su cuerpo en el orden aprendido desde que se estrenara como aprendiz en aquel comercio.


A punto de salir ya por la puerta, el hombre del traje anticuado ha querido asegurarse de que no olvidaba nada: el portamonedad y la tarjeta de metro -con un último viaje- en el bolsillo derecho y la vieja navaja multiusos -recuerdo de su primer sueldo- en el izquierdo.

Nervioso por la hora, el hombre del traje anticuado se ha encaminado hacia el metro, al tiempo que hacía saltar la navaja en su bolsillo y el contacto del metal en su mano le devolvía, poco a poco, la tranquilidad.

El hombre del traje anticuado ha alcanzado a colarse en el último vagón del convoy, rumbo al centro. En el tren, un viejo -el único que parecía no tener prisa- repetía en voz alta una letanía que hablaba de ladrones con salud de hierro, mientras el resto de pasajeros fingía no escucharle.

Ya en su destino, un joven con americana y enormes perforaciones en las orejas se le ha adelantado, ocupando su lugar en el ascensor que conducía a la calle. El hombre del traje anticuado lo ha visto alejarse, camino del día, sonriendo a la nada desde el interior del elevador. Sin tiempo para enfadarse, se ha dirigido a las escaleras y en unos minutos ya estaba ante la tienda.

Pero ya era tarde. El joven del metro -que ahora lucía una flamante corbata- charlaba en la puerta con el encargado en distendida conversación, le estrechaba la mano y le ayudaba a retirar el anuncio del escaparate.

El hombre del traje anticuado lo ha visto alejarse decidido y sin pensarlo ha dirigido sus pasos tras él. El metal de la navaja multiusos ha dejado de ser frío al contacto con su mano.

Pero el joven no llega muy lejos. Apenas una docena de metros más tarde se detiene y empieza a forcejear con el cuello de su camisa, que parece tenerle sin aliento. Por eso no ve al hombre del traje anticuado, plantado a sus espaldas. Con la navaja en la mano.

Tras unos instantes de lucha, el joven logra al fin quitarse la corbata y la tira con rabia a una papelera. Después retoma la marcha y unos segundos más tarde desaparece tras la esquina.

El hombre del traje anticuado se asoma a la papelera. La corbata es alegre y de vistosos colores. Ayudado por su navaja, consigue rescatarla sin tocar el resto de desperdicios.

Entonces piensa que un poco de color no le iría nada mal a su traje anticuado.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.


*Con imperdonable retraso sólo a mí achacable, les ofrezco hoy el relato de Maribel, que, ilustrado como siempre por el sagaz objetivo de Cristina, sirve, además, para inaugurar el año en este libelo guadiánico. Disfrútenlo afiladamente.

El chico de los túneles en las orejas

Posted by : Le poinçonneur | 29 nov 2012 | Published in


-Recuerdo que la noche anterior había llovido muchísimo.

-¿Y qué tiene eso que ver con nosotros? ¿Ahora hablamos del tiempo?

-Pues aunque no lo creas, mucho. Yo siempre he creído que el clima es una proyección de nuestro estado de ánimo, que podemos forzar que llueva o que salga el sol.

-Anda, ¿cómo las tribus indias? Qué gracia. Tienes unas ideas muy extrañas.

-Bueno, en realidad también lo recuerdo por otra razón. Cuando entraste en la sala llevabas unas de esas botas que ahora os gustan tanto a las tías poneros en cuanto caen cuatro gotas.

-¿Las katiuskas?

-Sí, como se llamen. Siempre me han parecido ridículas, es como si os hubiera dado un ataque de infantilismo y anduvierais como locas a la caza de un charco en el que meteros.

-Muchas gracias.

-No me entiendes. Eso es lo que te quería explicar, que algo que siempre me ha reventado en las demás tías, en ti me pareció un detalle adorable. ¿Qué raro no?

-Tan raro como tus teorías, chico de los túneles en las orejas.

-¿Por qué me llamas así? No habías vuelto a hacerlo desde que nos conocimos.

-¿Te refieres al mismo día en que el tú me bautizaste como la mujer madura?

-¿Me lo vas a recordar toda la vida? No sabía cómo te llamabas y, bueno, eras la mayor del grupo.

-Sí. Y bastante más mayor. No seas tan prudente.

-Espera.

-¿Qué pasa?

-Un viejo que se me ha sentado al lado y no para de hablar solo. Dice no se qué de la gente que roba y que se deberían morir de cáncer.

-A lo mejor es un yayo-flauta.

-No tiene pinta. Más bien parece que no está bien de la olla.

-¿Y quién lo está?...Te voy a dejar.

-Espera. Déjame ir a verte.

-Te he dicho que no. No me encuentro bien. Creo que estoy incubando algo. Hasta puede que tenga fiebre.

-Si me dejaras, yo podría hacerte sentir mejor.

-Qué procaz eres, jovencito.

-¿Ya estás otra vez con eso? ¿Cuándo me vas a tomar en serio?

-Es mejor así. ¿No crees? Además, estoy enferma, ¿es que no lo entiendes?

-Eso a mí no me importa.

-Pero a mí sí. Y no me envíes más mensajes.

-Espera. Es mi parada. ¿Seguimos luego? Por favor.

-….

El chico de los túneles en las orejas guarda el móvil en el bolsillo del pantalón y salta del vagón. El tren se aleja envuelto en estridentes pitidos, que la profundidad del túnel transforma en carcajadas.

Mira su reloj. Se le ha hecho tarde. Acelera el paso y en tres zancadas alcanza el ascensor. Consigue colarse en su interior robándole el sitio a un hombre de traje anticuado y que apesta a Floïd, al que ni ha visto.

Una vez en la calle, se ata la larga melena en una cola que oculta bajo la espalda de la americana. Saca una corbata del bolsillo y, sin dejar de caminar, se la anuda al cuello de la camisa.

El escaparate de la tienda señorea el edificio de esquina a esquina. El anuncio sigue en la vitrina. Sin darse tiempo a dudarlo, empuja la puerta y entra, perseguido por el canturreo chillón de la campanilla.

El resto ha sido fácil. El encargado se ha mostrado reticente sólo al principio. La imagen, blablablá, un negocio conservador, más blablablá. Pero él siempre ha sabido lo que la gente necesita oír y el esparadrapo con el que le ha prometido cubrir sus lóbulos ha terminado de persuadirlo.

Después han caminado juntos hasta la puerta, y mientras se deshacía en alabanzas hacia el escaparate –por supuesto obra del encargado- le ha ayudado a retirar el anuncio. No lo lamentará blablablá, mañana a la misma hora, más blablablá.

Solo ya en la calle ha notado una vibración en el muslo. Con la sonrisa todavía en los labios, ha rebuscado en su bolsillo hasta rescatar el móvil y comprobar que había un mensaje nuevo.

-La fiebre me ha ayudado a verlo todo con más claridad. No me busques ni me llames más. He bloqueado tus mensajes.

El chico de los túneles en las orejas vuelve a guardar el móvil y camina hasta la esquina. Entonces siente que le falta el aire. Se palpa el cuello y sus dedos topan con la presión de la corbata. Deshace el nudo, se la arranca del cuello y la arroja a una papeleta. Mucho más ligero, reemprende el camino.

Un trueno estalla a sus espaldas. Las primeras gotas de lluvia lo alcanzan antes de entrar en el metro.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

La mujer que llega tarde*

Posted by : Le poinçonneur | 12 oct 2012 | Published in


 
La mujer que llega tarde salva de un salto los últimos escalones que dan acceso al andén y aterriza sobre sus tacones. La multitud inicia ya el abordaje del tren y, tras unos segundos, tres pitidos anuncian el inminente cierre de las puertas.

Recuperando todavía el equilibrio, la mujer alcanza a colarse en el último vagón.
 
El calor es sofocante.

Con la pericia que da la experiencia, la mujer logra abrirse un hueco entre la gente y avanzar lentamente hasta encontrar un rincón en el que atrincherarse. Después, rebusca con decisión en el interior de su maletín y saca un periódico.

Millones de gotas de sudor se deslizan por la espalda de la mujer, que tras considerable esfuerzo consigue localizar su sección favorita y se sumerge en la lectura de los anuncios personales.

Sólo cinco minutos más tarde, un muchas gracias señora, la devuelve a la realidad. Una mujer gorda y de melena ardiente, está cediendo su sitio a un anciano. El viejo suspira y se deja caer con dificultad sobre el asiento. La mujer abandona por un momento el periódico y fija su mirada en él. El viejo tiene el pelo gris y los ojos claros, va vestido con un traje oscuro de aparente buen estado, aunque un estudio más profundo delata unos puños y bajos raídos.

La mujer lo observa unos instantes. El anciano le resulta extrañamente familiar. Decide desechar la idea pensando que podría tratarse del abuelo de cualquiera. Una sacudida del tren hace coincidir sus miradas. La mujer siente en su cara el calor de la vergüenza. El viejo le envía una sonrisa neutra y distante, que le hace dudar que vaya dirigida a ella. Por si acaso, la mujer le corresponde con un asentimiento fugaz y vuelve a clavar la nariz en la prensa.

Pero es inútil. No puede quitárselo de la cabeza. Su cara le es conocida, así que vuelve a examinarlo, asomándose por encima del periódico. El viejo habla ahora en voz queda, mientras mira a su alrededor en busca de interlocutor. "Dicen que hay Dios, pero es mentira, si la gente que roba muriera de cáncer, entonces no lo sería" repite, una y otra vez. Su vecino de viaje –un joven de pelo largo y túneles en las orejas- se desentiende de él simulando leer algo en su móvil.

La megafonía interna anuncia la próxima estación. La mujer que llega tarde reconoce el nombre de su parada y salta al andén en cuanto se abren las puertas.

Y entonces lo recuerda.

Orlando Mir. 75 años. El anuncio en el periódico de ayer -el único que no vendía nada- con una foto del viejo, algo antigua, y un teléfono de contacto.

La mujer se vuelve y lo busca con la mirada. El viejo se ha levantado de su asiento y avanza hacia ella. Tres pitidos anuncian el cierre de las puertas.

-¡¿Orlando?! - grita la mujer.

-Dicen que hay Dios, pero es mentira, si la gente que roba muriera de cáncer, entonces no lo sería- repite el viejo a modo de respuesta.

El tren cierra las puertas y retoma la marcha.

El viejo agita la mano y le sonríe con la mirada perdida.

La mujer que llega tarde le devuelve el saludo.

*Un año más, me hincho cual pavo en ofrecerles las felices colaboraciones de Maribel -con la palabra- y Cristina -con el objetivo-, en esta sección aplaudible y destacada entre el páramo que conforma este libelo, que es, como siempre, el suyo y el de todos Vdes.


TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

Yashir*

Posted by : Le poinçonneur | 18 jun 2012 | Published in



Yashir detiene su carro frente a la verja del parque de Glòries, levanta la vista al cielo y escruta las nubes negras que han empezado a cubrirlo, intentando calcular cuánto rato tardará en empezar a llover.

En los días de mercadillo, la lluvia no es buena para el negocio.

Las pesadas puertas que dan acceso al recinto están aún cerradas, así que Yashir lanza su mercancía, envuelta en un hatillo, por encima de la verja, y abandona el pesado carro a su suerte. Después, liberado ya de su carga, camina ligero hasta un lateral de la verja, donde el hueco entre los barrotes es algo mayor, y se desliza entre ellos con la pericia que le ha dado la experiencia.

A pesar de lo temprano de la hora, el parque empieza a estar concurrido y, aquí y allá, pueden verse los primeros tenderetes, que los más madrugadores han dispuesto ya en el suelo, con su mejor cuidado.

Yashir recoge los objetos que, tras el aterrizaje, han escapado del hatillo, desperdigándose por el suelo.

Previsor ante las eventualidades, elige un pequeño claro, junto al cobijo de un árbol, para montar su parada. Sobre la vieja colcha, que utiliza para envolver su mercancía, dispone un surtido de destartalados relojes, una colección de maltrechas figuritas, dos bandejas de latón y la joya de su muestrario: una estilográfica de un dudoso dorado, salpicado en tinta.

En el mercadillo de los desheredados todo vale.

Porque nunca se sabe cuándo puede cambiar la suerte, se dice Yashir mientras ordena los relojes por tamaños, tal vez hoy aparezca por fin el codiciado coleccionista que sabrá apreciar el verdadero valor de alguno de sus artículos; valor, que ni el propio Yashir, se admite, es capaz de reconocer. Pero mientras espera ese momento, sabe que tendrá que conformarse con la habitual procesión de jubilados, amantes de los objetos inútiles y de amas de casa, a la caza de la ganga imposible.

Yashir se sienta sobre una piedra a esperar la llegada del primer cliente. La peste a orín es hoy más fuerte que en otras ocasiones y la brisa de la mañana sólo contribuye a propagarla. El surtido de condones usados, disperso por doquier, evidencia la actividad que se lleva a cabo en el parque, donde proliferan las prostitutas de pechos tristes y porvenir incierto, al caer el sol.

Hace tiempo que el parque fue olvidado por las brigadas de limpiezas, que amparadas por las autoridades, pasan cada mañana de largo, en dirección al centro comercial. Porque lo que no existe no necesita ser limpiado.

Yashir echa un vistazo a las paradas que comienzan a proliferar a su alrededor. Los puestos de los orientales, reyes de los DVD piratas y de los cinturones de poliéster, y las paradas de los magrebís, donde priman los móviles de segunda mano y los pequeños electrodomésticos, de tercer o cuarto uso.

La competencia va a ser dura hoy.

Yashir sabe que le resultará difícil deshacerte de su lote, máxime cuando en cualquier momento puede empezar a llover, y que posiblemente tendrá que conformarse con hacer algún trueque que no le sea del todo desfavorable. Acaso la estilográfica…

Un hombre se ha detenido frente a su tenderete. Es alto y viste gabardina. Lleva un paraguas en la mano.

-¿Qué pides por eso, chico?- le interroga sin mediar saludo.

-¿Cómo señor?- responde Yashir abandonando su asiento.

El hombre le lanza una mirada impaciente y señala con la punta de su paraguas en dirección a las figuritas.

-¿Por qué va a ser, chico? …por la estatuilla de la lavandera- añade imitando el gesto de lavar ropa a mano- esa que tiene el canto desconchado.

-Ah si lalavandera, pero es un golpe pequeño y se arregla fácil. Diez euros- se aventura Yashir- mire, mire como es suave, es de porcelanía….

-Porcelana querrás decir- le corta con sorna- eso tiene de porcelana lo que yo de cura… anda vamos, que no te daba diez euros ni por toda la colección.

-¿Usted es coleccionista? - se anima Yashir- entonces usted conoce lo que es bueno. Las figuras son sólo para gente con poco dinero. Mire esto que tengo aquí, seguro que le interesa...

En un gesto rápido, Yashir se agacha y coge la estilográfica. Al incorporarse comprueba que el hombre se ha colgado unos lentes en la punta de la nariz.

-Son para examinar con más detalle…- se excusa en un gesto altivo- a ver qué tienes aquí…

El hombre toma la estilográfica y la examina largamente. Yashir contiene la respiración.

Empieza a llover.

-Chico… - responde al fin- no sé por quién me has tomado. No soy ningún coleccionista, pero tampoco necesitaría serlo para saber que esta pluma no vale ni el material con el que está fabricada… además, pierde tinta. En las papelerías las venden nuevas por cinco euros - añade mientras que se la devuelve.

-Usted está equivocado- se desespera Yashir- mírela otra vez- le dice agitando la estilográfica- es de mucho valor….

La lluvia es ahora torrencial.

- Sí claro, de muchísimo valor… -le grita el hombre mientras abre el paraguas- lo siento, chico, hoy no es tu día de suerte.

Y de una carrera, sale del parque, cruza la calle, camuflado bajo su paraguas y desaparece engullido por la boca del metro.

Yashir vuelve la vista a su alrededor. Los vendedores ambulantes han recogido ya sus bártulos y huyen en desbandada.

El cielo se viene abajo.

Con una incomprensible calma, Yashir empieza a recoger sus cosas. Primero guarda los relojes y las bandejas, después las figuritas, una a una y con mucho cuidado, finalmente toma la estilográfica.

La lluvia ha lavado las manchas de tinta que la cubrían, dejando al descubierto su dorado original.

Un dorado de incalculable valor.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

*Con Yashir finaliza -espero que sólo por esta temporada- la colaboración de Maribel Ruiz con este libelo, que, como saben, es el suyo y el de todos Vdes. Ha sido para mí una alegría contar con su concurso, mas sus méritos literarios -que son notables- palidecen al lado de sus virtudes personales. Y es que mi Ruiz, amigos, es dama cálida y de sonrisa franca. Chispeante en el chat y mordiente en el cara a cara. Cariñosa y confiable, vivida y embaucadora. Cuñada postiza, en suma, para lo que me quede de vida.

Dos minutos

Posted by : Le poinçonneur | 15 may 2012 | Published in


Dos minutos. Faltan dos minutos y veinte segundos para un nuevo estreno. El reloj digital suspendido sobre su cabeza parpadea un instante, deteniendo el tiempo para actualizar la información: dos minutos y quince segundos.

El tenor carraspea con delicadeza, tapándose la boca con la palma de la mano. Queda muy poco tiempo y tiene que prepararse. Cierra los ojos en busca de la concentración necesaria, mientras entona un largo Do para calentar las cuerdas.

Tantos años en esto y aún no lo ha logrado. Tantos estrenos y aún muchas más representaciones y todavía no ha conseguido aprender a controlar sus nervios. Esa culebra que se agita dentro de su estómago cada vez que ve cómo el reloj le anuncia que se aproxima el momento. Sabe que nunca podrá acostumbrarse. Sólo el alcohol le ayuda a templarlos un poco. El tenor saca una petaca del bolsillo derecho de su americana y, con veterano disimulo, le da un trago rápido. Todo está ahora bajo control.

Esta vez habrá mucha gente. El tenor lo sabe. En Navidad siempre hay mucha más gente. Además, la sesión nocturna es siempre la más concurrida. La preferida por el público.

Con los ojos cerrados, al tenor le resulta más sencillo adivinar el murmullo de la gente, que al principio siempre es tímido y que después -gracias a la concentración que le da la oscuridad- va cobrando cada vez más fuerza con la proximidad. Ahora ya casi puede ver sus caras, sólo unos segundos más para empezar.

El tren entra por fin en la estación, frena en seco, abre sus puertas y, entre bufidos hidráulicos, escupe a los viajeros. El tenor inicia su canción con entusiasmo. Ahora o nunca. Ha llegado el momento. Las primeras notas del Nessum dorma escapan ya con fuerza de su garganta, inundando veloces hasta el último rincón de la estación.

Algunos viajeros se detienen frente al tenor y lo observan con curiosidad, atrapados por la melodía de Puccini, pero el encantamiento dura apenas unos instantes, y uno tras otro, retoman rápidamente su camino, tras arrojar alguna moneda a los pies del tenor.

Pero él no puede verlos, porque la pasión del príncipe Calaf se ha apoderado de él nuevamente, como cada vez que lo interpreta, ahora y antes y -con los ojos siempre cerrados- puede volver a verse sobre el escenario, metido en su piel, persiguiendo a la bella Turandot, como en una de aquellas lejanas noches de estreno, cuando el público y su voz, eran de verdad.

El andén queda suspendido en un imposible silencio. Los últimos viajeros se alejan por el pasillo que conduce al trasbordo. El tenor abandona al fin su trance y abre los ojos. Mira al suelo. Cerca de cinco euros en monedas pequeñas, calcula. Aunque en realidad eso no importa demasiado.

No le queda mucho tiempo, así que recoge rápidamente el dinero y lo guarda en un bolsillo. Tiene que prepararse. Un rápido trago a la petaca y cierra los ojos, en busca de la concentración necesaria.
Aunque ya no puede verlo, el tenor sabe, que el reloj digital suspendido sobre su cabeza, le anuncia que faltan apenas dos minutos para un nuevo estreno.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

El vestido rojo

Posted by : Le poinçonneur | 12 abr 2012 | Published in



Il y a des jours où la seule nourriture

acceptable, respectable, est la Rage (*)1

Pintada anónima.

Si Milena pudiese elegir se quedaría con el vestido rojo. Ni el traje chaqueta de mil rayas, ni la falda de tubo negra; se quedaría con el vestido rojo. Levanta la vista al cielo. El sol está alto y corre una cálida brisa, inusitada para noviembre. Echa un vistazo al viejo y le ajusta la manta sobre las rodillas, remetiéndosela por los costados de la silla, para que no se enfríe.

Milena empieza a sospechar que la doña nunca se lo regalará. Cuando la señora Teresa  se pone a hacer paquetes con ropa, el vestido rojo se queda siempre colgado de una percha en el armario.

-Milena, la bolsa de plástico que te he dejado en el recibidor es para dar. Puedes echarle un vistazo primero y si te interesa algo te lo quedas; lo demás lo llevas a la parroquia de la Virreina, que hoy recogen cosas para los pobres.

-Sí, mi doña, lo que usted diga, ahorita mismo pensaba salir a pasear con don Jon, que hace bueno. Mire, ya lo tengo preparado. La llevo no más salga.

-Te he dicho un millón de veces que no me llames doña, que me suena a culebrón. Dime de tú. Y al abuelo no lo pongas a la sombra, no vaya a coger frío.

-Muy bien, mi doña, como usted diga.

En la plaza Rovira se está bien a estas horas, hay mucho movimiento. A Milena le gusta observar a la gente; a las amas de casa que pasan arrastrando sus carritos de la compra y a los escolares que regresan del colegio. A don Jon también le gusta contemplar el desfile. Aunque el viejo no habla, Milena lo sabe, lo puede leer en sus ojos, que, en esos ratos de paseo, cobran vida nuevamente.

Al principio se la llevaba a casa, la ropa de doña Teresa. Cargaba con la pesada bolsa en el largo trayecto de metro. Y cuando llegaba a su pisito del extrarradio -donde los balcones se transforman en peceras de aluminio-, Nancy y Bárbara, sus compañeras de piso, la recibían con el entusiasmo de un niño en la mañana de Reyes. Pretextando siempre un demasiado grande o un demasiado largo, ella les cedía todas las prendas. No eran el vestido rojo.

Eligen siempre el mismo banco de madera, el que queda más cerca del quiosco. Desde allí Milena puede ver los titulares de las revistas y leérselos en voz alta al abuelo, que parece escucharla con atención y asiente en un casi imperceptible movimiento de cabeza, que algunos se empeñan en atribuir al Parkinson.

El viejo se ve elegante en su silla, con su pañuelo de seda atado al cuello. A Milena le hubiese gustado conocerle antes del ataque. La doña asegura que, cuando estaba bien, era un viejo charlatán que alardeaba de haber sido anarquista de joven y que por eso andaba cagándose en Dios a la menor oportunidad. Y aunque a Milena no le acaba de quedar claro en qué consiste eso del anarquismo, le cuesta imaginárselo blasfemando cuando lo ve ahí en su silla, tan callado y tan lejano.

En la portada del ¡Hola! salen hoy los príncipes de Asturias, de visita oficial en China. El embrujo de Shanghai, le lee en voz alta a don Jon.

A Milena le sienta bien el vestido rojo de doña Teresa. Se lo probó una vez que se quedaron solos en casa. Se contempló con él un buen rato ante el espejo. Después se lo enseñó a don Jon y decidieron que le iba como un guante.

Milena consulta el reloj de la farmacia y concluye que es hora de volver a casa. Luego cae en la cuenta de que todavía no ha cumplido con el encargo de doña Teresa y encamina sus pasos en dirección a la plaza de la Virreina. Al llegar comprueba que la puerta de la sacristía está cerrada. Milena maldice la fea costumbre de los curas españoles de ponerle horarios a las cosas del alma y se dispone ya a abandonar la bolsa junto a la puerta cuando lo ve. Allí, entre el traje chaqueta de mil rayas y la falda de tubo, está el vestido rojo. Doña Teresa ha debido volverse definitivamente loca. Sin pensárselo un instante, Milena rescata el vestido y se lo guarda con sumo cuidado en su bolso. Después da mil gracias al Altísimo y emprenden el camino de regreso a casa.

Inician la ascensión de la calle Massens. Milena se imagina ya llevando el vestido rojo a pasear con Nancy y Bárbara, una tarde de domingo; pero la dureza de la pendiente la devuelve a la realidad. Las piernas se le empiezan a poner pesadas y la obligan a detenerse, a cada paso, para tomar aliento. En una de las paradas, un chico de pelo largo los adelanta, “Tú sí que sabes, eh, abuelo”, le escupe al viejo al pasar.

Milena decide ignorarlo. En el siguiente cruce se detienen junto a un contenedor, a la espera de que algún conductor se decida a cederles el paso. Milena calcula ahora lo que le costará convencer a Bárbara para que le acorte el vestido, algo largo para la moda. Por eso no ve al chico de pelo largo salir del portal por el que han pasado y acercársele por la espalda; sólo acierta a sentir una punzada de metal en su costado.

-Venga Panchita, no me jodas y dame lo que lleves… ¿estás sorda o qué?, que me des el bolso o te pincho al viejo.

El sonido de un claxon hace saltar como un resorte al macarra. Una mujer, al volante de un Volkswagen, espera impaciente en el cruce. Con una fuerza desconocida, el abuelo golpea el brazo del ratero y hace volar la navaja, que tras dibujar una parábola aterriza dentro del contenedor. Milena suelta entonces la silla y empieza a golpear al chico con rabia “¡Hijo de la gran chingada!”, le grita mientras carga todo el peso de su cuerpo en cada nuevo golpe. Le sacude hasta quedar exhausta. Sólo entonces abre los ojos. El chico está tirado en el suelo, hecho un ovillo. Un hilo de sangre brota de su nariz.

Milena comprueba el contenido de su bolso. El vestido rojo sigue ahí. Vuelve a colgárselo al hombro y se recompone el peinado. La mujer del Volkswagen, la contempla desencajada. “¿Y tú qué miras, pendeja?” se encara Milena, mientras recupera la silla. “¿Nos vamos, don Jon?”, le pregunta al abuelo con su voz más dulce.

Y reemprenden la marcha, ahora mucho más ligeros.

(*) “Hay días en los que el único alimento aceptable, respetable, es la Rabia”.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

Sushi

Posted by : Le poinçonneur | 14 mar 2012 | Published in

Moras para Matilde

Posted by : Le poinçonneur | 13 mar 2012 | Published in


Matilde Cerrada quemó todas sus cartas el día que su marido regresó de la guerra.

José se le presentó en el portal de casa una tarde de septiembre, rebozado por el polvo del camino y con un brazo inútil por la metralla, pero con el humor intacto. Con una sonrisa en los labios, su marido le aseguró que con un brazo se bastaba y sobraba para abrazarla. Matilde no lo hubiera dudado un momento.

Cuando lo conoció, José trabajaba en lo que le salía, unas veces de jornalero en tierras ajenas, otras, de pastor de rebaños prestados. A Matilde nunca le importó que su marido no tuviera más estudios que los que da la vida y no dudó en enfrentarse a su padre el domingo que José se presentó en su casa -ahogado en colonia- para pedir su mano. Porque José era el único hombre que –a pesar de ser analfabeto- sabía leer en ella como en un libro abierto y que podía adivinar sus deseos, antes incluso de que a Matilde se le figuraran.

Hombre de pocas palabras, José siempre tuvo una manera propia de comunicarle sus afectos. Cuando regresaba de trabajar en alguna siega se presentaba con un ramo de espigas y amapolas, y si alguna vez se ausentaba por varios días, siempre le enviaba algo con el primer vecino que se acercara al pueblo: unas veces un cesto de moras, otras, un tarro de miel pura y siempre la misma respuesta cuando Matilde les preguntaba si su marido les había dado algún encargo para ella. "Pues qué más, mujer, él dijo que tú ya entenderías".

Cuando estalló la guerra apenas llevaban un año de casados y Matilde andaba ya a la greña con la Providencia por no haberles concedido todavía su primer hijo.

José fue llamado a filas con los primeros reemplazos. "Vuelvo pronto"- se limitó a decirle al despedirse. Sin saber qué hacer Matilde buscó el consuelo de las lágrimas, pero éstas –caprichosas- no quisieron acudir en su ayuda, entonces Matilde se cobijó en su alcoba y empezó a escribirle la primera carta.

Cuando le escribió la segunda había pasado ya una semana y todavía paseaba la primera en el bolsillo de su delantal. Con la tercera se dijo que José iba a necesitar de alguien que le leyera las cartas y que no le apetecía que nadie supiera que desde que él se había marchado vivía con los pies helados. Con la cuarta, se convenció de que las comunicaciones con el frente serían precarias y que sería muy difícil hacérselas llegar. Con la quinta, se rindió a la evidencia de que un cesto de moras podía contener más afecto que el mejor de los poemas y renunció a enviárselas.

Pero siguió escribiéndole regularmente una carta por semana y esperando su vuelta, amparada en la vieja creencia de que no recibir noticias, eran buenas noticias.

Hasta que llegó aquella tarde de septiembre en que José la estrechó con un solo brazo y supo que ya no tendría que escribir más.

Esa misma tarde -mientras que José se desprendía en la alcoba de tres años de fatigas- Matilde amontonó en la cuadra todas las cartas que le había escrito a su marido durante su ausencia y -ayudada de un buen chorro de petróleo- las vio arder hasta asegurarse de que no quedaban de ellas más que las cenizas. Después conjuró tres años sin lágrimas y lloró aliviada.

Cuando hubo recuperado el aliento, Matilde echó mano de un viejo cesto y se encaminó feliz hacia el moral que crecía en su huerto.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

Fideos con pollo

Posted by : Le poinçonneur | 26 feb 2012 | Published in



Me inflamo de orgullo y satisfacción en ofrecerles la primera colaboración de mi amigo mariquita para con este su libelo, que es también el de todos Vdes. Tras mucho rogarle, la diva del noroeste ha accedido a iniciar una sección de cocina, palo del saber que controla con precisión cirujana.

Podría extenderme en elogios hacia mi Carlitos, pero él no es muy amante y yo tengo una imagen. Disfruten en vez de su magisterio tanto como yo en un Tube montado con tal contundente originalidad que haría las delicias del mismísimo Valerio Lazarov.

Y cómo no, lo de cada domingo: feliz semana.

Al otro lado del muro

Posted by : Le poinçonneur | 13 feb 2012 | Published in


Al otro lado del muro, más allá de las colinas que bordean el valle, ya ha empezado a amanecer. Miguel se revuelve en su litera, intentado inútilmente conciliar un hilo de sueño. Hoy tampoco necesitará mirar el reloj para saber que es aún muy temprano, porque tampoco hoy ha pegado ojo en toda la noche. En la interminable vigilia nocturna, Miguel ha podido contar, una tras otra, las horas de la pantalla fluorescente de su despertador.

Desde que le dieron la noticia, hace hoy una semana, no ha podido volver a dormir. Unas pocas cabezadas esporádicas han sido su único descanso en todo este tiempo.

Tumbado en su litera, con la mirada fija en el techo, Miguel sabe ahora- con una certeza empírica- que las cosas siempre llegan cuando ya no se las espera.

Y es que él hace ya mucho tiempo que dejó de desear ser libre. Miguel no sabe precisar cuándo fue; tal vez en aquella época en que terminó su juventud y empezó a dejar de interesarle lo que pasaba en el mundo exterior. Él había leído en algún sitio que madurar era, en realidad, empezar a pudrirse, y concluyó que definitivamente tenía que ser cierto, porque con la madurez había llegado a olvidar que había vida al otro lado del muro y fue entonces cuando sintió que un inmenso vacío lo empezó a descomponer por dentro.

Volviéndose de un costado, Miguel se asoma a la litera de abajo; donde el Nano -un chaval tan imberbe como precoz- ronca rítmicamente. Miguel no lo conoce mucho, porque sólo hace tres meses que comparten la celda, pero sí lo suficiente como para saber que hoy, el Nano, se cambiaría por él sin pensarlo.

Miguel se pregunta con qué estará soñando el Nano; teniendo en cuenta el poco tiempo que lleva encerrado, posiblemente sueñe que está haciendo marranadas con alguna chavala de su barrio- tan precoz como él- en algún lugar donde no haya muros.

Al principio, él también soñaba. Los sueños eran, entonces, tan reales como su encierro y el argumento se repetía invariablemente: él paseando solo por una calle desierta o por una playa, pero siempre con mucha calma, con la certidumbre de tener todo el tiempo del mundo para llegar a su destino. En ocasiones la Mari lo acompañaba en sus paseos de fantasía, pero nunca había sexo entre ellos, ni tan siquiera llegaban a tocarse, ella se limitaba a caminar junto a él, dos pasos por delante, como guiando su camino.

Miguel no sabe qué habrá sido de la Mari- la última vez que la vio eran todavía unos críos y a ella le gustaba decir que eran novios y que se casarían cuando él regresara de la ciudad- posiblemente terminaría casándose con alguno de los vendedores ambulantes que visitaban el pueblo cada viernes de mercado; porque él nunca regresó y treinta años son muchos años para esperar a nadie.

Así que cuando Miguel salga hoy por fin a la calle, sabe que no habrá nadie esperando para recibirle y por eso maldice a todos y cada uno de los funcionarios del plan de reinserción que han decidido que ya está preparado para reintegrarse a la sociedad.

Cuando le dijo a la psicóloga en prácticas que no quería salir, la chiquilla casi se cae de culo de la sorpresa. Primero se lo tomó a broma y lanzó una risita aguda- mezcla de incredulidad y de nerviosismo- después, cuando vio que Miguel insistía, guardó silencio durante unos minutos y finalmente- mirándole a los ojos por primera vez- le dijo:

«Miguel, usted padece lo que se conoce como el síndrome del preso institucionalizado. Ha pasado tantos años sin libertad que ya no la necesita. Pero no se preocupe, ya verá cómo...».

Miguel no recuerda el resto. Tal vez, cuando él desconectó del discurso, la aprendiz de psicóloga iniciaba una razonadísima perorata con el objeto de hacerle creer que su caso era de lo más normal y que todos los días soltaban a tipos como él, que llevaban más de treinta años encerrados, y que los pobres desgraciados se adaptaban siempre la mar de bien a la vida de fuera.

Pero él no continuó escuchándola. Se puso a darle vueltas a la afirmación de la mocosa y concluyó que tal vez tuviera razón y que se había pasado tanto tiempo entre rejas que había terminado por considera la cárcel como su casa, como su único hogar. Quizás por eso, en los escasos ratos en que había logrado conciliar el sueño en esa semana, siempre le había asaltado la misma pesadilla, en la que él huía despavorido - sin saber nunca de qué- y de la que siempre despertaba cuando estaba a punto de ser atrapado.

Fue entonces cuando tomó la decisión. Cuando saliera a la calle, haría lo necesario para le encerraran otra vez- bastaría con dar un pequeño golpe en algún comercio, nada sangriento- con un poco de suerte y sus antecedentes, sería suficiente para que le volvieran a encerrar para lo que le quedaba de vida.

Con este pensamiento en la cabeza, la mañana ha transcurrido tranquila para Miguel que, como todos los días, ha desayunado solo en su celda. Hace tiempo que dejó de ir al comedor con los demás internos, y que sobrevive alimentándose de galletas y de cosas por el estilo, porque ya no soporta el gusto de la comida de la prisión. Todos los alimentos le saben igual, a una mezcla de dieta baja en sal y pobre en sabor. Dieta de encierro.

Sólo hay una cosa que todavía hoy Miguel añora del mundo exterior, y es comerse una paella, una buena paella de marisco, como las que preparaba su madre en los días de celebración familiar. Mataría por volver a probar una paella como aquellas.

Miguel consulta su reloj. Ya sólo faltan unos minutos para mediodía- hora en que le han anunciado su salida- así que se apresura a revisar el contenido de su maleta: una muda de ropa interior, un par de pantalones, dos camisas y una americana. Después se tantea los bolsillos hasta que da con su pincho –inseparable compañero en todos estos años- que finalmente decide ocultar en la doble suela de su zapato.

El trámite de salida ha sido rápido. Primero ha pasado por caja, para recoger el dinero ganado con su trabajo en el taller de confección del centro. Después el papeleo, la recogida de su carné y por último el examen del detector, que ha pasado fácilmente.

Ya en la calle, Miguel ha tomado el autobús de línea que lo ha llevado hasta la ciudad. Ha permanecido sentado junto a la ventanilla, observando cómo el vehículo se iba vaciando, poco a poco de viajeros y no ha descendido hasta que el conductor le ha gritado que habían llegado al final del trayecto.

Si hubiera tenido con qué compararla, Miguel habría opinado que Lleida era una ciudad fea y desangelada, pero como era el primer lugar habitado que visitaba en muchos años, se ha limitado a constatar que todos los edificios eran de un mismo color gris.

Al principio ha caminado sin rumbo durante un buen rato. La sensación le resultaba agradable; uno más entre la muchedumbre que detiene su paseo para contemplar la actuación de algún artista ambulante. Sólo otro peatón en medio del gentío que aguarda para cruzar un semáforo. Pero después ha empezado a sentir el vértigo de no encontrar ningún obstáculo al final de su camino, ningún muro que lo detenga y el asfalto ha empezado a inclinarse, transformándose en una pendiente y finalmente en un abismo, por el que Miguel habría sido devorado de no haber encontrado refugio en un bar.

El local era pequeño y poco iluminado. Sólo un par de fluorescentes grasientos que arrojan una luz mortecina sobre otras tantas mesas vacías. Miguel se ha atrincherado en la barra, dejando caer la maleta a sus pies, presa todavía de una sensación de mareo que le ha obligado a sujetarse la cabeza con las manos para no desmayarse. Al fondo del mostrador, un hombre gordete y con un delantal lleno de lamparones, se secaba las manos con un paño mientras contemplaba ensimismado las imágenes del televisor colgado de la pared.

Recobrado el aliento, Miguel ha buscado en los bolsillos de su pantalón algo con lo que secarse el sudor y después- amparado por la falta de clientela- se ha quitado el zapato y ha sacado el pincho, camuflándolo en el puño de su camisa.

-¿No se sirve aquí, jefe?- le ha gritado al camarero.

-Ya va hombre, ya va, ¿dónde está el fuego?.

-En mi garganta jefe, que está seca. Póngame una cerveza, haga el favor, sin vaso- le ha contestado Miguel, bajando el tono de voz.

El hombre le ha plantado un botellín helado ante las narices, que Miguel ha engullido en dos tragos.

-Pues sí que había sed, sí señor, que debía venir usted en reserva- Ha bromeado el camarero.

Miguel le ha contestado con un gesto afirmativo, ha mirado a su alrededor para asegurarse de que no había entrado nadie y ha dejado que el pincho se deslizara hasta la palma de su mano, oculto por el mostrador.

-¿No va usted a comer nada?- le ha preguntado el camarero- mire que no es bueno beber con el estómago vacío.

-No, deje, no podría…- ha susurrado Miguel.

-Pues es una lástima- ha insistido el camarero- porque hoy es jueves y tenemos paella. La hace mi mujer, que le sale buenísima…

-¿Paella dice?… ¿paella de marisco?- ha preguntado Miguel en un hilo de voz.

-Hombre, algo de eso lleva, pero tampoco gran cosa, que los tiempos no están para derroches, pero el saborcillo a pescado sí que lo tiene, y bien rico. Qué, ¿se anima?.

Miguel ha apretado el pincho en su mano hasta notar el calor de un hilo de sangre corriéndole por la palma, después, poco a poco, ha aflojado la presión, hasta dejarlo deslizarse dentro de su bolsillo.

-Sírvame una ración generosa, jefe- le ha respondido al fin- y que sea lo que Dios quiera...

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

Amour Fou (+18)*

Posted by : Le poinçonneur | 2 feb 2012 | Published in


Recuerdo la primera vez que nos liamos. Comenzó a lamer mis pezones después de besar mis manos, hizo que me arrodillara en la cama y se metió entre mis piernas, creo que se masturbaba mientras lo hacía. Luego quiso quedarse viviendo conmigo. De esa mórbida relación no pasó ni un solo día en dos años que no nos liásemos. Eso es lo que aún echo de menos. Aún busco esa conexión sexual cósmica, esa mezcla perfecta de sensualidad, inmadurez, avidez, amoralidad, obscenidad y libertad (...).

*Este febrero, es la muy gentil Carla Soza quien se hace cargo de La Folie Nue con este cuento sabrosón ilustrado por ella misma. Desde aquí, mi público y caluroso agradecimiento.

Que lo disfruten.

Instantánea

Posted by : Le poinçonneur | 23 ene 2012 | Published in


Irene se incorpora en la cama y tantea en la penumbra del cuarto en busca de la mesita de noche. Su mano choca por fin con el interruptor de la lamparilla y enciende la luz. Rescata un cigarrillo de un paquete de rubio y lo enciende. Las primeras dos caladas le saben a mar. Separa entonces el cigarrillo de sus labios para lamerse la comisura de la boca y descubre que son sus lágrimas las que han empapado el filtro del cigarrillo.

Irene siempre llora cuando se siente feliz. Juan dormita a su lado, hecho un ovillo. La luz amarillenta de la lamparilla le da un tono ocre a su desnudez. Irene se inclina sobre él con mucho cuidado y pega la nariz a su sien. Inspira lentamente hasta que el aroma de Juan inunda por completo sus pulmones.

Juan huele a galleta, a galleta de vainilla.

Irene echa un vistazo al reloj que hay encima de la mesita. Las cuatro de la mañana parpadean en números verdes. Se le hace tarde. Apaga el cigarrillo en un cenicero atestado de colillas y se levanta de la cama. Recupera su ropa del suelo y se viste deprisa. Ya en la puerta del cuarto, se vuelve para contemplar por última vez el cuerpo desnudo de Juan. Un aroma a vainilla flota en el aire.

Deshaciendo el camino andado sólo una hora antes, Irene alcanza la calle. La luna llena y limpia de la madrugada guía sus pasos hasta el coche. Irene se acomoda ante el volante e introduce la llave en el contacto. Abandona las calles estrechas del casco antiguo y desciende por Vía Layetana hasta llegar a la Barceloneta. Un fuerte olor a salitre se le cuela por la ventanilla. Irene no sabe en qué momento decidió marcharse del restaurante con Juan. Tuvo que ser después de los postres, posiblemente, cuando Rodríguez iniciaba su batida fotográfica por la mesa, con la intención de inmortalizar otra cena de Navidad. Irene vuelve a verse sentada junto a Juan, de espaldas a la puerta, jugando a enroscar su pie descalzo entre las piernas de él, al amparo del mantel. Ha sido entonces cuando el disparo inesperado del flash le ha estallado en la cara, cegándola durante unos segundos. Cuando ha recuperado la visión, Rodríguez andaba haciéndole ya una ráfaga de fotografías a la bella Lola, la secretaria de Contabilidad.

Irene cae en la cuenta de que tiene que hacerse con esa foto. Quiere conservar la instantánea robada de su felicidad, esa imagen que tal vez pasaría inadvertida para unos ojos poco expertos. Antes del café ya lo había decidido, ahora lo recuerda con claridad. Juan le ha apretado la mano después de que les hicieran la foto y le ha sonreído, a ella le ardían las mejillas y no le ha hecho falta decir nada. Irene se ha levantado de la mesa y ha buscado el amparo del vestíbulo para hacer la llamada. Ha marcado mecánicamente, sin reparar en el orden caprichoso de los números. Hola, soy yo… sí, todavía estamos en el restaurante… no, ya sabes como son estas cenas… volveré tarde, no me esperes despierto… vamos no te enfades, que sólo lo hago una vez al año… sí, sí, vale… hasta luego.

Después ha colgado, conteniendo la respiración, orgullosa de que él no haya descubierto la excitación en su voz, y ha regresado a la mesa. Ahora Irene baja del todo la ventanilla del coche para que el viento le golpee a gusto en la cara y concluye que no se siente culpable. Hacía tanto tiempo que no lloraba.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.

Los cuentos de Maribel

Posted by : Le poinçonneur | 17 ene 2012 | Published in

Sería demasiado indiscreto -por implicar a terceros- narrar las circunstancias de mi encuentro -o reencuentro, según se mire- feisbuquero con Maribel Ruiz, notable cuentista y amiga in pectore, así que me ceñiré a decirles que me congratulo de anunciarles que he cerrado con ella su próxima colaboración en este su libelo, que es también el de todos Vdes. Así, hasta final de temporada, y una vez al mes, disfrutarán aquí de una selección de los atinados relatos de Maribel, escogidos por ella misma con precisión cirujana.

Esperando que la nueva les alegre tanto como a mí, les emplazo a estar localizables: en pocos días, el primero.

Nota: la imagen que ilustraba este post ha sido eliminada a petición de su autor.

Cuerpo Presente (+18)*

Posted by : Le poinçonneur | 5 ene 2012 | Published in



Vuelvo de vacaciones a París después de mucho tiempo y pienso inevitablemente en Sandra. Conocí París gracias a Sandra, y a Sandra gracias a Laura. Sandra, quien en círculos artísticos era conocida como Christine, viajaba a París varias veces al año para visitar a su padre, instalado en la ciudad desde su divorcio. Lo más curioso del caso es que, aunque Christine tenía amigos de sobra e incluso algún rollo más o menos serio en Barcelona, sólo viajaba a París conmigo. ¿El motivo? Ni idea. En París, además, yo pasaba por ser algo parecido a su novio, o al menos así lo dejaba creer a su padre, un tipo agradable en cuya cama follábamos cada mañana, justo después de que él se marchara a trabajar. Yo no entendía por qué ella se empeñaba en abandonar su propia cama para arrastrarme hacia esas sábanas aún calientes, el único lugar donde conseguí tirármela. Luego visitábamos alguna exposición, comíamos y nos separábamos hasta la noche. Nunca quiso decirme a qué dedicaba las tardes. Raramente cenábamos juntos, quedábamos directamente en algún bar, a menudo en un garito cercano al canal de Saint-Martin. De vuelta en Barcelona todo seguía como antes: ella con el primero que le saliese al paso, yo con Laura o con quien fuese, justificando académicamente mi escapada, tratando en vano de volver a follarme a Christine, de nuevo más Sandra que nunca.

Durante aquella época, Christine andaba metida en un proyecto que la obsesionaba por encima del resto. A lo largo de varios meses, y en diferentes ciudades, se dedicó a fotografiar camas de hospital vacías, cuando era posible con el permiso del centro o la connivencia de algún médico, con frecuencia de forma furtiva. Camas tersas esperando un nuevo inquilino. Camas deshechas cuyo ocupante podía estar en ese momento en el lavabo, en el quirófano o incluso camino al tanatorio. Las imprimiría más tarde en gran formato, todas en blanco y negro y muy saturadas de luz. Las imágenes deberían colocarse ordenadamente en tres de las cuatro paredes de una sala vacía. En el suelo, bajo un foco de luz intensa, tres camas reales. Christine desnuda sobre la cama central, ante la mirada de los espectadores alineados en la cuarta pared. La performance creo que nunca llegó a hacerse realidad por falta de presupuesto. Llevaba por título Cuerpo Presente.

Me la había presentado Laura en un festival de creación y nuevas tecnologías al que consiguió arrastrarme. Laura hacía un numerito vergonzante con mucho cátodo y casquería apocalíptica, acompañada de un dj con una máscara de demonio japonés y un tutú de bailarina. La propuesta de Christine tampoco tenía desperdicio: aparecía en medio del escenario pasando la aspiradora y planchando ropa mientras, al fondo, en una gran pantalla, se proyectaba un video porno lésbico. Después se quedaba en bragas y simulaba masturbarse frente al público, cuyos rostros aparecían entonces en la pantalla acompañados por una música tribal africana.

Aunque en realidad de quien me apetece hablar es de Laura, con la que nunca llegué a viajar a París, lo que no impide que ahora mismo me la imagine sin dificultad a mi lado, devorando una crêpe de Nutella mientras escribo estas líneas en un café de la Place de Clichy como un Henry Miller de pacotilla. En el mundillo de la poesía experimental, la performance poética y demás rollos pseudoliterarios, Laura se hacía llamar Helga, o Hildegard, o Ulrike. La gorda Ulrike. Helga y su coño moreno. Mi pequeña Hildegard. Una rotunda osamenta de hechuras nórdicas atemperada por el origen mexicano de su madre, ochenta y dos kilos de incontinencia, cinco o seis litros de flujos vaginales en perpetua ebullición, una lengua obsesionada con mis orificios corporales, la dulce Helga, la más puta, la más niña, Hildegard, recuerdo tu cabellera rizada rozándome el ombligo mientras te la tragabas sin demasiada pericia, una lástima, su boca era idónea, labios opulentos, lengua enorme, y los ojos medio en blanco, extáticos, como si se dispusiese a libar del más sutil de los cálices, eso me bastaba, la equivalencia visual de una sensación ilusoria, a veces un diente mal limado rozaba la obertura de la uretra, qué más da, no me importa, acércate, pon tus nalgas sobre mi cara, déjame tenerlo muy cerca una vez más: los labios más fascinantes que he visto en mi vida, aquellos pliegues categóricos, esculpidos por un maestro en origami, tostados como los de una negra, de un rosado intenso en la cara interior, y en el centro de ese coño pintado por Odilon Redon, de ese Aleph, de esa rosa tectónica, pequeña Ulrike, el punto de fuga de todos los textos.

Durante su adolescencia, Helga había sido algo así como la gran esperanza de la nueva poesía española. Había ganado un par de premios, desde luego, por entonces todo el mundo ganaba premios, brotaban como hongos en el sótano de la editoriales y de los ayuntamientos, siempre había dinero disponible para premiar a algún jubilado que escribiese sobre la virgen local o para alguna niñata con ortodoncia y un poster de Blade Runner junto a la cabecera de su cama. Publicó un libro titulado Veinte problemas de amor y una ecuación desesperada, un prodigio de la literatura joven, decían los críticos, frescura y desenfado a manos llenas. Supongo que la mayoría se ponían cachondos imaginándose a esa amazona en pelotas a lomos de un peluche gigantesco. Desde entonces se había dedicado a recorrer medio país dando conferencias sobre escritura femenina y otras perversiones. No tardó en derivar hacía la poesía escénica, y yo diría que llegó a abrazar todas sus variantes, cuanto más estúpidas mejor.

Una tía inteligente, a pesar de todo.

No paraba de hablar mientras follábamos, así era ella, y encima alternando idiomas. El alemán era su favorito mientras me la mamaba y el francés, curiosamente, cuando yo le comía el coño. Si se colocaba encima de mí, recurría a un italiano de pacotilla mientras trataba de bambolear sus pequeñas tetas. Del inglés, con sabiduría, pasaba por completo. Sus escasas nociones de náhuatl las reservaba para su postura favorita, de espaldas, agarrada al borde de la bañera, desde donde era posible verse lateralmente en el espejo. Sus palabras resonaban de forma fantasmal, favorecidas por la acústica del embaldosado.

Un día, por variar, le enculé mientras se agarraba a un estantería, y allí mismo, supongo que contagiada por su proximidad con la predecible sección de poesía de mi biblioteca, se puso a hablarme de un autor al que yo no conocía. Le di más fuerte, a ver si se callaba de un puñetera vez, pero sólo conseguí acelerar su discurso, atragantado de jadeos. Eso me encendía, claro, de repente yo tenía catorce años y me estaba tirando a mi profesora de literatura. Decía no sé qué sobre encabalgamientos, el discurso era cada vez más incomprensible, reemprendí el ataqué, se corrió, gritó de forma extraña, proyectando la voz hacia adentro, la estantería se tambaleó, varios volúmenes cayeron al piso, la agarré espasmódicamente de las caderas, los miré de reojo mientras me vaciaba…

Catulo. Kavafis. Fray Luis de León.

Pero curiosamente la imagen más viva que conservo de ella corresponde a la época en que comenzamos a distanciarnos. Lo recuerdo a la perfección, habíamos quedado en la plaza del Macba, yo llegaba con retraso, la divisé desde lejos: en el centro de aquel decorado arquetípicamente barcelonés, rodeada de skaters y de mendigos, de turistas y de vendedores de cerveza, de estudiantes de diseño gráfico, de algún postgrado absurdo o de cualquier chorrada audiovisual, luminosa, mi Helga, con su boina de lana y su abrigo de tres colores, excesiva, seductora, hablaba con alguien, otra chica, delgada, menuda, de negro riguroso, demasiado antitética para resultar verosímil. Mira, esta es Irene, me dijo. Hola, Irene, qué tal, encantado, detecto la estela de una cerveza reciente mientras me plantas los dos besos de rigor, me gusta tu boca de Betty Boop, apostaría a que llevas el coño bien rasurado y una mariposa tatuada justo encima del culo…

Cuando la conocí debía tener la misma edad que yo, es decir, la misma que Ulrike, unos veinticinco, pongamos, aunque se podría afirmar sin exagerar que aparentaba siete u ocho años menos. Cuando te conocí, Irene, vestías de negro desde la bufanda hasta las Converse, y decidí que te llamabas Paula, aunque tú aún no lo supieras. Parecía que con ella no me iba a servir demasiado la pose medio intelectual, los alardes alcohólicos, la americana con una chapa de Godard en la solapa: yo no tenía mucho más que ofrecer que tantos otros individuos con los que ya había estado y con los que sin duda estaría. Mi única ventaja: ser el novio de su amiga. Eso y la abuela de su amiga.

Resulta que a Paula le ponían los entierros, y ya no digamos los velatorios, así que allí estábamos, junto al cuerpo aún caliente de la madre de la madre de Helga, y Paula, más caliente todavía, inclinándose desde el borde de su asiento para que yo no perdiera detalle de su poco apropiado escotazo. Ni yo ni ninguno de los numerosos primos de Ulrike con los que compartía el enorme sofá de poliéster marrón. Llegaba gente, nos levantamos y fuimos a estirar las piernas a un pasillo contiguo, estaba claro que no llevaba sujetador, los pezones se le marcaban furiosos por debajo de la camiseta. Tres minutos después me la chupaba en el lavabo de minusválidos, ella sentada en la taza, yo apoyado en uno de los agarradores laterales.

Nos estuvimos viendo durante unos cuantos meses. Al contrario de lo que pensaba, Paula tenía un coño considerablemente peludo. No soy muy aficionado a la abundancia capilar en semejante zona, pero he de reconocer que me estimulaba el contraste entre su rostro aniñado y a aquel pubis salvaje. El tatuaje de marras lo llevaba en realidad alrededor del ombligo, y consistía en una serie de anillos envueltos en llamas.

Poco a poco me di cuenta de que no sólo parecía una adolescente, sino que en gran medida también hablaba y se comportaba como tal. Me daba la matraca con el rollo del malditismo, y no paraba de enseñarme videos de Diamanda Galás o de Nine Inch Nails, menuda tortura. No hace falta decir que también era poeta, además de video-artista, fotógrafa de moda underground y xilofonista en un grupo de neofolk. Acabé harto de ella y de las falsas lolitas, por supuesto, y volví al coño eterno de Hildegard como el que regresa a casa tras unas vacaciones llenas de colas interminables, bufés libres y turistas rusos.

*Mi hermano Juan Vico abre el fuego de La Folie Nue. Espeto que el texto -sexualmente explícito, ya saben- sea tan de su agrado como lo ha sido del mío. Diría muchas cosas sobre mi multipremiado Juanito -veintiún años llevamos de amistad-, pero él ya las sabe, y a Vdes. -traviesuelos- no les incumben.

Disfruten.