El chico de los túneles en las orejas

Posted by : Le poinçonneur | 29 nov. 2012 | Published in


-Recuerdo que la noche anterior había llovido muchísimo.

-¿Y qué tiene eso que ver con nosotros? ¿Ahora hablamos del tiempo?

-Pues aunque no lo creas, mucho. Yo siempre he creído que el clima es una proyección de nuestro estado de ánimo, que podemos forzar que llueva o que salga el sol.

-Anda, ¿cómo las tribus indias? Qué gracia. Tienes unas ideas muy extrañas.

-Bueno, en realidad también lo recuerdo por otra razón. Cuando entraste en la sala llevabas unas de esas botas que ahora os gustan tanto a las tías poneros en cuanto caen cuatro gotas.

-¿Las katiuskas?

-Sí, como se llamen. Siempre me han parecido ridículas, es como si os hubiera dado un ataque de infantilismo y anduvierais como locas a la caza de un charco en el que meteros.

-Muchas gracias.

-No me entiendes. Eso es lo que te quería explicar, que algo que siempre me ha reventado en las demás tías, en ti me pareció un detalle adorable. ¿Qué raro no?

-Tan raro como tus teorías, chico de los túneles en las orejas.

-¿Por qué me llamas así? No habías vuelto a hacerlo desde que nos conocimos.

-¿Te refieres al mismo día en que el tú me bautizaste como la mujer madura?

-¿Me lo vas a recordar toda la vida? No sabía cómo te llamabas y, bueno, eras la mayor del grupo.

-Sí. Y bastante más mayor. No seas tan prudente.

-Espera.

-¿Qué pasa?

-Un viejo que se me ha sentado al lado y no para de hablar solo. Dice no se qué de la gente que roba y que se deberían morir de cáncer.

-A lo mejor es un yayo-flauta.

-No tiene pinta. Más bien parece que no está bien de la olla.

-¿Y quién lo está?...Te voy a dejar.

-Espera. Déjame ir a verte.

-Te he dicho que no. No me encuentro bien. Creo que estoy incubando algo. Hasta puede que tenga fiebre.

-Si me dejaras, yo podría hacerte sentir mejor.

-Qué procaz eres, jovencito.

-¿Ya estás otra vez con eso? ¿Cuándo me vas a tomar en serio?

-Es mejor así. ¿No crees? Además, estoy enferma, ¿es que no lo entiendes?

-Eso a mí no me importa.

-Pero a mí sí. Y no me envíes más mensajes.

-Espera. Es mi parada. ¿Seguimos luego? Por favor.

-….

El chico de los túneles en las orejas guarda el móvil en el bolsillo del pantalón y salta del vagón. El tren se aleja envuelto en estridentes pitidos, que la profundidad del túnel transforma en carcajadas.

Mira su reloj. Se le ha hecho tarde. Acelera el paso y en tres zancadas alcanza el ascensor. Consigue colarse en su interior robándole el sitio a un hombre de traje anticuado y que apesta a Floïd, al que ni ha visto.

Una vez en la calle, se ata la larga melena en una cola que oculta bajo la espalda de la americana. Saca una corbata del bolsillo y, sin dejar de caminar, se la anuda al cuello de la camisa.

El escaparate de la tienda señorea el edificio de esquina a esquina. El anuncio sigue en la vitrina. Sin darse tiempo a dudarlo, empuja la puerta y entra, perseguido por el canturreo chillón de la campanilla.

El resto ha sido fácil. El encargado se ha mostrado reticente sólo al principio. La imagen, blablablá, un negocio conservador, más blablablá. Pero él siempre ha sabido lo que la gente necesita oír y el esparadrapo con el que le ha prometido cubrir sus lóbulos ha terminado de persuadirlo.

Después han caminado juntos hasta la puerta, y mientras se deshacía en alabanzas hacia el escaparate –por supuesto obra del encargado- le ha ayudado a retirar el anuncio. No lo lamentará blablablá, mañana a la misma hora, más blablablá.

Solo ya en la calle ha notado una vibración en el muslo. Con la sonrisa todavía en los labios, ha rebuscado en su bolsillo hasta rescatar el móvil y comprobar que había un mensaje nuevo.

-La fiebre me ha ayudado a verlo todo con más claridad. No me busques ni me llames más. He bloqueado tus mensajes.

El chico de los túneles en las orejas vuelve a guardar el móvil y camina hasta la esquina. Entonces siente que le falta el aire. Se palpa el cuello y sus dedos topan con la presión de la corbata. Deshace el nudo, se la arranca del cuello y la arroja a una papeleta. Mucho más ligero, reemprende el camino.

Un trueno estalla a sus espaldas. Las primeras gotas de lluvia lo alcanzan antes de entrar en el metro.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

(3) Comments

  1. Anónimo

    Una pena "de antemano el -titulo al enfocar el centro de atencio del porque se fomenta "el cambio del tiempo por medio de las personas, oH!!1 me tengo que ir!! lo que quiero explicar es debido al mal final que suplanta a la "gota de mal estado. Un tragico y sin debido!!


    Besos!!!

    29 de noviembre de 2012, 15:18
  2. koolauleproso said...

    Otro estupendo cuento de Maribel. Aunque, recuerdo, ne gustó más el anterior.
    Besos para los tres

    6 de diciembre de 2012, 20:05
  3. Maribel

    Gracias por tu comentario Koolauleproso. Es difícil agradar a todo el mundo con lo que uno escribe. Espero que el próximo cuento sea más de tu agrado.
    Un saludo,

    Maribel.

    8 de diciembre de 2012, 19:12