Cuerpo Presente (+18)*

Posted by : Le poinçonneur | 5 ene. 2012 | Published in



Vuelvo de vacaciones a París después de mucho tiempo y pienso inevitablemente en Sandra. Conocí París gracias a Sandra, y a Sandra gracias a Laura. Sandra, quien en círculos artísticos era conocida como Christine, viajaba a París varias veces al año para visitar a su padre, instalado en la ciudad desde su divorcio. Lo más curioso del caso es que, aunque Christine tenía amigos de sobra e incluso algún rollo más o menos serio en Barcelona, sólo viajaba a París conmigo. ¿El motivo? Ni idea. En París, además, yo pasaba por ser algo parecido a su novio, o al menos así lo dejaba creer a su padre, un tipo agradable en cuya cama follábamos cada mañana, justo después de que él se marchara a trabajar. Yo no entendía por qué ella se empeñaba en abandonar su propia cama para arrastrarme hacia esas sábanas aún calientes, el único lugar donde conseguí tirármela. Luego visitábamos alguna exposición, comíamos y nos separábamos hasta la noche. Nunca quiso decirme a qué dedicaba las tardes. Raramente cenábamos juntos, quedábamos directamente en algún bar, a menudo en un garito cercano al canal de Saint-Martin. De vuelta en Barcelona todo seguía como antes: ella con el primero que le saliese al paso, yo con Laura o con quien fuese, justificando académicamente mi escapada, tratando en vano de volver a follarme a Christine, de nuevo más Sandra que nunca.

Durante aquella época, Christine andaba metida en un proyecto que la obsesionaba por encima del resto. A lo largo de varios meses, y en diferentes ciudades, se dedicó a fotografiar camas de hospital vacías, cuando era posible con el permiso del centro o la connivencia de algún médico, con frecuencia de forma furtiva. Camas tersas esperando un nuevo inquilino. Camas deshechas cuyo ocupante podía estar en ese momento en el lavabo, en el quirófano o incluso camino al tanatorio. Las imprimiría más tarde en gran formato, todas en blanco y negro y muy saturadas de luz. Las imágenes deberían colocarse ordenadamente en tres de las cuatro paredes de una sala vacía. En el suelo, bajo un foco de luz intensa, tres camas reales. Christine desnuda sobre la cama central, ante la mirada de los espectadores alineados en la cuarta pared. La performance creo que nunca llegó a hacerse realidad por falta de presupuesto. Llevaba por título Cuerpo Presente.

Me la había presentado Laura en un festival de creación y nuevas tecnologías al que consiguió arrastrarme. Laura hacía un numerito vergonzante con mucho cátodo y casquería apocalíptica, acompañada de un dj con una máscara de demonio japonés y un tutú de bailarina. La propuesta de Christine tampoco tenía desperdicio: aparecía en medio del escenario pasando la aspiradora y planchando ropa mientras, al fondo, en una gran pantalla, se proyectaba un video porno lésbico. Después se quedaba en bragas y simulaba masturbarse frente al público, cuyos rostros aparecían entonces en la pantalla acompañados por una música tribal africana.

Aunque en realidad de quien me apetece hablar es de Laura, con la que nunca llegué a viajar a París, lo que no impide que ahora mismo me la imagine sin dificultad a mi lado, devorando una crêpe de Nutella mientras escribo estas líneas en un café de la Place de Clichy como un Henry Miller de pacotilla. En el mundillo de la poesía experimental, la performance poética y demás rollos pseudoliterarios, Laura se hacía llamar Helga, o Hildegard, o Ulrike. La gorda Ulrike. Helga y su coño moreno. Mi pequeña Hildegard. Una rotunda osamenta de hechuras nórdicas atemperada por el origen mexicano de su madre, ochenta y dos kilos de incontinencia, cinco o seis litros de flujos vaginales en perpetua ebullición, una lengua obsesionada con mis orificios corporales, la dulce Helga, la más puta, la más niña, Hildegard, recuerdo tu cabellera rizada rozándome el ombligo mientras te la tragabas sin demasiada pericia, una lástima, su boca era idónea, labios opulentos, lengua enorme, y los ojos medio en blanco, extáticos, como si se dispusiese a libar del más sutil de los cálices, eso me bastaba, la equivalencia visual de una sensación ilusoria, a veces un diente mal limado rozaba la obertura de la uretra, qué más da, no me importa, acércate, pon tus nalgas sobre mi cara, déjame tenerlo muy cerca una vez más: los labios más fascinantes que he visto en mi vida, aquellos pliegues categóricos, esculpidos por un maestro en origami, tostados como los de una negra, de un rosado intenso en la cara interior, y en el centro de ese coño pintado por Odilon Redon, de ese Aleph, de esa rosa tectónica, pequeña Ulrike, el punto de fuga de todos los textos.

Durante su adolescencia, Helga había sido algo así como la gran esperanza de la nueva poesía española. Había ganado un par de premios, desde luego, por entonces todo el mundo ganaba premios, brotaban como hongos en el sótano de la editoriales y de los ayuntamientos, siempre había dinero disponible para premiar a algún jubilado que escribiese sobre la virgen local o para alguna niñata con ortodoncia y un poster de Blade Runner junto a la cabecera de su cama. Publicó un libro titulado Veinte problemas de amor y una ecuación desesperada, un prodigio de la literatura joven, decían los críticos, frescura y desenfado a manos llenas. Supongo que la mayoría se ponían cachondos imaginándose a esa amazona en pelotas a lomos de un peluche gigantesco. Desde entonces se había dedicado a recorrer medio país dando conferencias sobre escritura femenina y otras perversiones. No tardó en derivar hacía la poesía escénica, y yo diría que llegó a abrazar todas sus variantes, cuanto más estúpidas mejor.

Una tía inteligente, a pesar de todo.

No paraba de hablar mientras follábamos, así era ella, y encima alternando idiomas. El alemán era su favorito mientras me la mamaba y el francés, curiosamente, cuando yo le comía el coño. Si se colocaba encima de mí, recurría a un italiano de pacotilla mientras trataba de bambolear sus pequeñas tetas. Del inglés, con sabiduría, pasaba por completo. Sus escasas nociones de náhuatl las reservaba para su postura favorita, de espaldas, agarrada al borde de la bañera, desde donde era posible verse lateralmente en el espejo. Sus palabras resonaban de forma fantasmal, favorecidas por la acústica del embaldosado.

Un día, por variar, le enculé mientras se agarraba a un estantería, y allí mismo, supongo que contagiada por su proximidad con la predecible sección de poesía de mi biblioteca, se puso a hablarme de un autor al que yo no conocía. Le di más fuerte, a ver si se callaba de un puñetera vez, pero sólo conseguí acelerar su discurso, atragantado de jadeos. Eso me encendía, claro, de repente yo tenía catorce años y me estaba tirando a mi profesora de literatura. Decía no sé qué sobre encabalgamientos, el discurso era cada vez más incomprensible, reemprendí el ataqué, se corrió, gritó de forma extraña, proyectando la voz hacia adentro, la estantería se tambaleó, varios volúmenes cayeron al piso, la agarré espasmódicamente de las caderas, los miré de reojo mientras me vaciaba…

Catulo. Kavafis. Fray Luis de León.

Pero curiosamente la imagen más viva que conservo de ella corresponde a la época en que comenzamos a distanciarnos. Lo recuerdo a la perfección, habíamos quedado en la plaza del Macba, yo llegaba con retraso, la divisé desde lejos: en el centro de aquel decorado arquetípicamente barcelonés, rodeada de skaters y de mendigos, de turistas y de vendedores de cerveza, de estudiantes de diseño gráfico, de algún postgrado absurdo o de cualquier chorrada audiovisual, luminosa, mi Helga, con su boina de lana y su abrigo de tres colores, excesiva, seductora, hablaba con alguien, otra chica, delgada, menuda, de negro riguroso, demasiado antitética para resultar verosímil. Mira, esta es Irene, me dijo. Hola, Irene, qué tal, encantado, detecto la estela de una cerveza reciente mientras me plantas los dos besos de rigor, me gusta tu boca de Betty Boop, apostaría a que llevas el coño bien rasurado y una mariposa tatuada justo encima del culo…

Cuando la conocí debía tener la misma edad que yo, es decir, la misma que Ulrike, unos veinticinco, pongamos, aunque se podría afirmar sin exagerar que aparentaba siete u ocho años menos. Cuando te conocí, Irene, vestías de negro desde la bufanda hasta las Converse, y decidí que te llamabas Paula, aunque tú aún no lo supieras. Parecía que con ella no me iba a servir demasiado la pose medio intelectual, los alardes alcohólicos, la americana con una chapa de Godard en la solapa: yo no tenía mucho más que ofrecer que tantos otros individuos con los que ya había estado y con los que sin duda estaría. Mi única ventaja: ser el novio de su amiga. Eso y la abuela de su amiga.

Resulta que a Paula le ponían los entierros, y ya no digamos los velatorios, así que allí estábamos, junto al cuerpo aún caliente de la madre de la madre de Helga, y Paula, más caliente todavía, inclinándose desde el borde de su asiento para que yo no perdiera detalle de su poco apropiado escotazo. Ni yo ni ninguno de los numerosos primos de Ulrike con los que compartía el enorme sofá de poliéster marrón. Llegaba gente, nos levantamos y fuimos a estirar las piernas a un pasillo contiguo, estaba claro que no llevaba sujetador, los pezones se le marcaban furiosos por debajo de la camiseta. Tres minutos después me la chupaba en el lavabo de minusválidos, ella sentada en la taza, yo apoyado en uno de los agarradores laterales.

Nos estuvimos viendo durante unos cuantos meses. Al contrario de lo que pensaba, Paula tenía un coño considerablemente peludo. No soy muy aficionado a la abundancia capilar en semejante zona, pero he de reconocer que me estimulaba el contraste entre su rostro aniñado y a aquel pubis salvaje. El tatuaje de marras lo llevaba en realidad alrededor del ombligo, y consistía en una serie de anillos envueltos en llamas.

Poco a poco me di cuenta de que no sólo parecía una adolescente, sino que en gran medida también hablaba y se comportaba como tal. Me daba la matraca con el rollo del malditismo, y no paraba de enseñarme videos de Diamanda Galás o de Nine Inch Nails, menuda tortura. No hace falta decir que también era poeta, además de video-artista, fotógrafa de moda underground y xilofonista en un grupo de neofolk. Acabé harto de ella y de las falsas lolitas, por supuesto, y volví al coño eterno de Hildegard como el que regresa a casa tras unas vacaciones llenas de colas interminables, bufés libres y turistas rusos.

*Mi hermano Juan Vico abre el fuego de La Folie Nue. Espeto que el texto -sexualmente explícito, ya saben- sea tan de su agrado como lo ha sido del mío. Diría muchas cosas sobre mi multipremiado Juanito -veintiún años llevamos de amistad-, pero él ya las sabe, y a Vdes. -traviesuelos- no les incumben.

Disfruten.

(4) Comments

  1. Mametadebad said...

    Sin palabras...estupendo

    7 de enero de 2012, 22:48
  2. Juan Vico said...

    Muchas gracias, Marta.

    10 de enero de 2012, 14:22
  3. Blue said...

    Muy bueno.
    Ya lo leí el otro día pero no me dio tiempo a comentar.
    ;-)

    10 de enero de 2012, 15:15
  4. Le poinçonneur said...

    Si es que mi Juanito, Blue, cuenta con dos cualidades áuricas para el relato erótico: escribe bien y es un guarro. Eficacia probada :)

    14 de enero de 2012, 12:42