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El hombre del traje anticuado*

Posted by : Le poinçonneur | 17 ene 2013 | Published in


Hoy tampoco tenía un motivo para madrugar y, sin embargo, lo ha hecho.

Con el automatismo que da la rutina de muchos años, el hombre se ha repasado la barba -afeitado sobre afeitado- y ha rematado la faena con un enérgico masaje de Floïd. Después, y como todos los días desde que empezó la pesadilla, se ha vestido con la ropa que colgaba del galán, a los pies de su cama. La camisa, la corbata, los pantalones, y finalmente la chaqueta -de un traje algo anticuado- han abrazado su cuerpo en el orden aprendido desde que se estrenara como aprendiz en aquel comercio.


A punto de salir ya por la puerta, el hombre del traje anticuado ha querido asegurarse de que no olvidaba nada: el portamonedad y la tarjeta de metro -con un último viaje- en el bolsillo derecho y la vieja navaja multiusos -recuerdo de su primer sueldo- en el izquierdo.

Nervioso por la hora, el hombre del traje anticuado se ha encaminado hacia el metro, al tiempo que hacía saltar la navaja en su bolsillo y el contacto del metal en su mano le devolvía, poco a poco, la tranquilidad.

El hombre del traje anticuado ha alcanzado a colarse en el último vagón del convoy, rumbo al centro. En el tren, un viejo -el único que parecía no tener prisa- repetía en voz alta una letanía que hablaba de ladrones con salud de hierro, mientras el resto de pasajeros fingía no escucharle.

Ya en su destino, un joven con americana y enormes perforaciones en las orejas se le ha adelantado, ocupando su lugar en el ascensor que conducía a la calle. El hombre del traje anticuado lo ha visto alejarse, camino del día, sonriendo a la nada desde el interior del elevador. Sin tiempo para enfadarse, se ha dirigido a las escaleras y en unos minutos ya estaba ante la tienda.

Pero ya era tarde. El joven del metro -que ahora lucía una flamante corbata- charlaba en la puerta con el encargado en distendida conversación, le estrechaba la mano y le ayudaba a retirar el anuncio del escaparate.

El hombre del traje anticuado lo ha visto alejarse decidido y sin pensarlo ha dirigido sus pasos tras él. El metal de la navaja multiusos ha dejado de ser frío al contacto con su mano.

Pero el joven no llega muy lejos. Apenas una docena de metros más tarde se detiene y empieza a forcejear con el cuello de su camisa, que parece tenerle sin aliento. Por eso no ve al hombre del traje anticuado, plantado a sus espaldas. Con la navaja en la mano.

Tras unos instantes de lucha, el joven logra al fin quitarse la corbata y la tira con rabia a una papelera. Después retoma la marcha y unos segundos más tarde desaparece tras la esquina.

El hombre del traje anticuado se asoma a la papelera. La corbata es alegre y de vistosos colores. Ayudado por su navaja, consigue rescatarla sin tocar el resto de desperdicios.

Entonces piensa que un poco de color no le iría nada mal a su traje anticuado.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.


*Con imperdonable retraso sólo a mí achacable, les ofrezco hoy el relato de Maribel, que, ilustrado como siempre por el sagaz objetivo de Cristina, sirve, además, para inaugurar el año en este libelo guadiánico. Disfrútenlo afiladamente.

El chico de los túneles en las orejas

Posted by : Le poinçonneur | 29 nov 2012 | Published in


-Recuerdo que la noche anterior había llovido muchísimo.

-¿Y qué tiene eso que ver con nosotros? ¿Ahora hablamos del tiempo?

-Pues aunque no lo creas, mucho. Yo siempre he creído que el clima es una proyección de nuestro estado de ánimo, que podemos forzar que llueva o que salga el sol.

-Anda, ¿cómo las tribus indias? Qué gracia. Tienes unas ideas muy extrañas.

-Bueno, en realidad también lo recuerdo por otra razón. Cuando entraste en la sala llevabas unas de esas botas que ahora os gustan tanto a las tías poneros en cuanto caen cuatro gotas.

-¿Las katiuskas?

-Sí, como se llamen. Siempre me han parecido ridículas, es como si os hubiera dado un ataque de infantilismo y anduvierais como locas a la caza de un charco en el que meteros.

-Muchas gracias.

-No me entiendes. Eso es lo que te quería explicar, que algo que siempre me ha reventado en las demás tías, en ti me pareció un detalle adorable. ¿Qué raro no?

-Tan raro como tus teorías, chico de los túneles en las orejas.

-¿Por qué me llamas así? No habías vuelto a hacerlo desde que nos conocimos.

-¿Te refieres al mismo día en que el tú me bautizaste como la mujer madura?

-¿Me lo vas a recordar toda la vida? No sabía cómo te llamabas y, bueno, eras la mayor del grupo.

-Sí. Y bastante más mayor. No seas tan prudente.

-Espera.

-¿Qué pasa?

-Un viejo que se me ha sentado al lado y no para de hablar solo. Dice no se qué de la gente que roba y que se deberían morir de cáncer.

-A lo mejor es un yayo-flauta.

-No tiene pinta. Más bien parece que no está bien de la olla.

-¿Y quién lo está?...Te voy a dejar.

-Espera. Déjame ir a verte.

-Te he dicho que no. No me encuentro bien. Creo que estoy incubando algo. Hasta puede que tenga fiebre.

-Si me dejaras, yo podría hacerte sentir mejor.

-Qué procaz eres, jovencito.

-¿Ya estás otra vez con eso? ¿Cuándo me vas a tomar en serio?

-Es mejor así. ¿No crees? Además, estoy enferma, ¿es que no lo entiendes?

-Eso a mí no me importa.

-Pero a mí sí. Y no me envíes más mensajes.

-Espera. Es mi parada. ¿Seguimos luego? Por favor.

-….

El chico de los túneles en las orejas guarda el móvil en el bolsillo del pantalón y salta del vagón. El tren se aleja envuelto en estridentes pitidos, que la profundidad del túnel transforma en carcajadas.

Mira su reloj. Se le ha hecho tarde. Acelera el paso y en tres zancadas alcanza el ascensor. Consigue colarse en su interior robándole el sitio a un hombre de traje anticuado y que apesta a Floïd, al que ni ha visto.

Una vez en la calle, se ata la larga melena en una cola que oculta bajo la espalda de la americana. Saca una corbata del bolsillo y, sin dejar de caminar, se la anuda al cuello de la camisa.

El escaparate de la tienda señorea el edificio de esquina a esquina. El anuncio sigue en la vitrina. Sin darse tiempo a dudarlo, empuja la puerta y entra, perseguido por el canturreo chillón de la campanilla.

El resto ha sido fácil. El encargado se ha mostrado reticente sólo al principio. La imagen, blablablá, un negocio conservador, más blablablá. Pero él siempre ha sabido lo que la gente necesita oír y el esparadrapo con el que le ha prometido cubrir sus lóbulos ha terminado de persuadirlo.

Después han caminado juntos hasta la puerta, y mientras se deshacía en alabanzas hacia el escaparate –por supuesto obra del encargado- le ha ayudado a retirar el anuncio. No lo lamentará blablablá, mañana a la misma hora, más blablablá.

Solo ya en la calle ha notado una vibración en el muslo. Con la sonrisa todavía en los labios, ha rebuscado en su bolsillo hasta rescatar el móvil y comprobar que había un mensaje nuevo.

-La fiebre me ha ayudado a verlo todo con más claridad. No me busques ni me llames más. He bloqueado tus mensajes.

El chico de los túneles en las orejas vuelve a guardar el móvil y camina hasta la esquina. Entonces siente que le falta el aire. Se palpa el cuello y sus dedos topan con la presión de la corbata. Deshace el nudo, se la arranca del cuello y la arroja a una papeleta. Mucho más ligero, reemprende el camino.

Un trueno estalla a sus espaldas. Las primeras gotas de lluvia lo alcanzan antes de entrar en el metro.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

La mujer que llega tarde*

Posted by : Le poinçonneur | 12 oct 2012 | Published in


 
La mujer que llega tarde salva de un salto los últimos escalones que dan acceso al andén y aterriza sobre sus tacones. La multitud inicia ya el abordaje del tren y, tras unos segundos, tres pitidos anuncian el inminente cierre de las puertas.

Recuperando todavía el equilibrio, la mujer alcanza a colarse en el último vagón.
 
El calor es sofocante.

Con la pericia que da la experiencia, la mujer logra abrirse un hueco entre la gente y avanzar lentamente hasta encontrar un rincón en el que atrincherarse. Después, rebusca con decisión en el interior de su maletín y saca un periódico.

Millones de gotas de sudor se deslizan por la espalda de la mujer, que tras considerable esfuerzo consigue localizar su sección favorita y se sumerge en la lectura de los anuncios personales.

Sólo cinco minutos más tarde, un muchas gracias señora, la devuelve a la realidad. Una mujer gorda y de melena ardiente, está cediendo su sitio a un anciano. El viejo suspira y se deja caer con dificultad sobre el asiento. La mujer abandona por un momento el periódico y fija su mirada en él. El viejo tiene el pelo gris y los ojos claros, va vestido con un traje oscuro de aparente buen estado, aunque un estudio más profundo delata unos puños y bajos raídos.

La mujer lo observa unos instantes. El anciano le resulta extrañamente familiar. Decide desechar la idea pensando que podría tratarse del abuelo de cualquiera. Una sacudida del tren hace coincidir sus miradas. La mujer siente en su cara el calor de la vergüenza. El viejo le envía una sonrisa neutra y distante, que le hace dudar que vaya dirigida a ella. Por si acaso, la mujer le corresponde con un asentimiento fugaz y vuelve a clavar la nariz en la prensa.

Pero es inútil. No puede quitárselo de la cabeza. Su cara le es conocida, así que vuelve a examinarlo, asomándose por encima del periódico. El viejo habla ahora en voz queda, mientras mira a su alrededor en busca de interlocutor. "Dicen que hay Dios, pero es mentira, si la gente que roba muriera de cáncer, entonces no lo sería" repite, una y otra vez. Su vecino de viaje –un joven de pelo largo y túneles en las orejas- se desentiende de él simulando leer algo en su móvil.

La megafonía interna anuncia la próxima estación. La mujer que llega tarde reconoce el nombre de su parada y salta al andén en cuanto se abren las puertas.

Y entonces lo recuerda.

Orlando Mir. 75 años. El anuncio en el periódico de ayer -el único que no vendía nada- con una foto del viejo, algo antigua, y un teléfono de contacto.

La mujer se vuelve y lo busca con la mirada. El viejo se ha levantado de su asiento y avanza hacia ella. Tres pitidos anuncian el cierre de las puertas.

-¡¿Orlando?! - grita la mujer.

-Dicen que hay Dios, pero es mentira, si la gente que roba muriera de cáncer, entonces no lo sería- repite el viejo a modo de respuesta.

El tren cierra las puertas y retoma la marcha.

El viejo agita la mano y le sonríe con la mirada perdida.

La mujer que llega tarde le devuelve el saludo.

*Un año más, me hincho cual pavo en ofrecerles las felices colaboraciones de Maribel -con la palabra- y Cristina -con el objetivo-, en esta sección aplaudible y destacada entre el páramo que conforma este libelo, que es, como siempre, el suyo y el de todos Vdes.


TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

XXIIth Century Woman

Posted by : Le poinçonneur | 13 jun 2012 | Published in



Ha tenido a bien la Providencia que mi adorada Laia López Manrique sea bastante más atinada escribiendo que recomendando restaurantes: qué menos, pues, que reseñar en este misérrimo libelo la entrevista que Iván Humanes le ha entresacado a propósito de Deriva, su recién estrenado poemario.

Dos minutos

Posted by : Le poinçonneur | 15 may 2012 | Published in


Dos minutos. Faltan dos minutos y veinte segundos para un nuevo estreno. El reloj digital suspendido sobre su cabeza parpadea un instante, deteniendo el tiempo para actualizar la información: dos minutos y quince segundos.

El tenor carraspea con delicadeza, tapándose la boca con la palma de la mano. Queda muy poco tiempo y tiene que prepararse. Cierra los ojos en busca de la concentración necesaria, mientras entona un largo Do para calentar las cuerdas.

Tantos años en esto y aún no lo ha logrado. Tantos estrenos y aún muchas más representaciones y todavía no ha conseguido aprender a controlar sus nervios. Esa culebra que se agita dentro de su estómago cada vez que ve cómo el reloj le anuncia que se aproxima el momento. Sabe que nunca podrá acostumbrarse. Sólo el alcohol le ayuda a templarlos un poco. El tenor saca una petaca del bolsillo derecho de su americana y, con veterano disimulo, le da un trago rápido. Todo está ahora bajo control.

Esta vez habrá mucha gente. El tenor lo sabe. En Navidad siempre hay mucha más gente. Además, la sesión nocturna es siempre la más concurrida. La preferida por el público.

Con los ojos cerrados, al tenor le resulta más sencillo adivinar el murmullo de la gente, que al principio siempre es tímido y que después -gracias a la concentración que le da la oscuridad- va cobrando cada vez más fuerza con la proximidad. Ahora ya casi puede ver sus caras, sólo unos segundos más para empezar.

El tren entra por fin en la estación, frena en seco, abre sus puertas y, entre bufidos hidráulicos, escupe a los viajeros. El tenor inicia su canción con entusiasmo. Ahora o nunca. Ha llegado el momento. Las primeras notas del Nessum dorma escapan ya con fuerza de su garganta, inundando veloces hasta el último rincón de la estación.

Algunos viajeros se detienen frente al tenor y lo observan con curiosidad, atrapados por la melodía de Puccini, pero el encantamiento dura apenas unos instantes, y uno tras otro, retoman rápidamente su camino, tras arrojar alguna moneda a los pies del tenor.

Pero él no puede verlos, porque la pasión del príncipe Calaf se ha apoderado de él nuevamente, como cada vez que lo interpreta, ahora y antes y -con los ojos siempre cerrados- puede volver a verse sobre el escenario, metido en su piel, persiguiendo a la bella Turandot, como en una de aquellas lejanas noches de estreno, cuando el público y su voz, eran de verdad.

El andén queda suspendido en un imposible silencio. Los últimos viajeros se alejan por el pasillo que conduce al trasbordo. El tenor abandona al fin su trance y abre los ojos. Mira al suelo. Cerca de cinco euros en monedas pequeñas, calcula. Aunque en realidad eso no importa demasiado.

No le queda mucho tiempo, así que recoge rápidamente el dinero y lo guarda en un bolsillo. Tiene que prepararse. Un rápido trago a la petaca y cierra los ojos, en busca de la concentración necesaria.
Aunque ya no puede verlo, el tenor sabe, que el reloj digital suspendido sobre su cabeza, le anuncia que faltan apenas dos minutos para un nuevo estreno.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

El vestido rojo

Posted by : Le poinçonneur | 12 abr 2012 | Published in



Il y a des jours où la seule nourriture

acceptable, respectable, est la Rage (*)1

Pintada anónima.

Si Milena pudiese elegir se quedaría con el vestido rojo. Ni el traje chaqueta de mil rayas, ni la falda de tubo negra; se quedaría con el vestido rojo. Levanta la vista al cielo. El sol está alto y corre una cálida brisa, inusitada para noviembre. Echa un vistazo al viejo y le ajusta la manta sobre las rodillas, remetiéndosela por los costados de la silla, para que no se enfríe.

Milena empieza a sospechar que la doña nunca se lo regalará. Cuando la señora Teresa  se pone a hacer paquetes con ropa, el vestido rojo se queda siempre colgado de una percha en el armario.

-Milena, la bolsa de plástico que te he dejado en el recibidor es para dar. Puedes echarle un vistazo primero y si te interesa algo te lo quedas; lo demás lo llevas a la parroquia de la Virreina, que hoy recogen cosas para los pobres.

-Sí, mi doña, lo que usted diga, ahorita mismo pensaba salir a pasear con don Jon, que hace bueno. Mire, ya lo tengo preparado. La llevo no más salga.

-Te he dicho un millón de veces que no me llames doña, que me suena a culebrón. Dime de tú. Y al abuelo no lo pongas a la sombra, no vaya a coger frío.

-Muy bien, mi doña, como usted diga.

En la plaza Rovira se está bien a estas horas, hay mucho movimiento. A Milena le gusta observar a la gente; a las amas de casa que pasan arrastrando sus carritos de la compra y a los escolares que regresan del colegio. A don Jon también le gusta contemplar el desfile. Aunque el viejo no habla, Milena lo sabe, lo puede leer en sus ojos, que, en esos ratos de paseo, cobran vida nuevamente.

Al principio se la llevaba a casa, la ropa de doña Teresa. Cargaba con la pesada bolsa en el largo trayecto de metro. Y cuando llegaba a su pisito del extrarradio -donde los balcones se transforman en peceras de aluminio-, Nancy y Bárbara, sus compañeras de piso, la recibían con el entusiasmo de un niño en la mañana de Reyes. Pretextando siempre un demasiado grande o un demasiado largo, ella les cedía todas las prendas. No eran el vestido rojo.

Eligen siempre el mismo banco de madera, el que queda más cerca del quiosco. Desde allí Milena puede ver los titulares de las revistas y leérselos en voz alta al abuelo, que parece escucharla con atención y asiente en un casi imperceptible movimiento de cabeza, que algunos se empeñan en atribuir al Parkinson.

El viejo se ve elegante en su silla, con su pañuelo de seda atado al cuello. A Milena le hubiese gustado conocerle antes del ataque. La doña asegura que, cuando estaba bien, era un viejo charlatán que alardeaba de haber sido anarquista de joven y que por eso andaba cagándose en Dios a la menor oportunidad. Y aunque a Milena no le acaba de quedar claro en qué consiste eso del anarquismo, le cuesta imaginárselo blasfemando cuando lo ve ahí en su silla, tan callado y tan lejano.

En la portada del ¡Hola! salen hoy los príncipes de Asturias, de visita oficial en China. El embrujo de Shanghai, le lee en voz alta a don Jon.

A Milena le sienta bien el vestido rojo de doña Teresa. Se lo probó una vez que se quedaron solos en casa. Se contempló con él un buen rato ante el espejo. Después se lo enseñó a don Jon y decidieron que le iba como un guante.

Milena consulta el reloj de la farmacia y concluye que es hora de volver a casa. Luego cae en la cuenta de que todavía no ha cumplido con el encargo de doña Teresa y encamina sus pasos en dirección a la plaza de la Virreina. Al llegar comprueba que la puerta de la sacristía está cerrada. Milena maldice la fea costumbre de los curas españoles de ponerle horarios a las cosas del alma y se dispone ya a abandonar la bolsa junto a la puerta cuando lo ve. Allí, entre el traje chaqueta de mil rayas y la falda de tubo, está el vestido rojo. Doña Teresa ha debido volverse definitivamente loca. Sin pensárselo un instante, Milena rescata el vestido y se lo guarda con sumo cuidado en su bolso. Después da mil gracias al Altísimo y emprenden el camino de regreso a casa.

Inician la ascensión de la calle Massens. Milena se imagina ya llevando el vestido rojo a pasear con Nancy y Bárbara, una tarde de domingo; pero la dureza de la pendiente la devuelve a la realidad. Las piernas se le empiezan a poner pesadas y la obligan a detenerse, a cada paso, para tomar aliento. En una de las paradas, un chico de pelo largo los adelanta, “Tú sí que sabes, eh, abuelo”, le escupe al viejo al pasar.

Milena decide ignorarlo. En el siguiente cruce se detienen junto a un contenedor, a la espera de que algún conductor se decida a cederles el paso. Milena calcula ahora lo que le costará convencer a Bárbara para que le acorte el vestido, algo largo para la moda. Por eso no ve al chico de pelo largo salir del portal por el que han pasado y acercársele por la espalda; sólo acierta a sentir una punzada de metal en su costado.

-Venga Panchita, no me jodas y dame lo que lleves… ¿estás sorda o qué?, que me des el bolso o te pincho al viejo.

El sonido de un claxon hace saltar como un resorte al macarra. Una mujer, al volante de un Volkswagen, espera impaciente en el cruce. Con una fuerza desconocida, el abuelo golpea el brazo del ratero y hace volar la navaja, que tras dibujar una parábola aterriza dentro del contenedor. Milena suelta entonces la silla y empieza a golpear al chico con rabia “¡Hijo de la gran chingada!”, le grita mientras carga todo el peso de su cuerpo en cada nuevo golpe. Le sacude hasta quedar exhausta. Sólo entonces abre los ojos. El chico está tirado en el suelo, hecho un ovillo. Un hilo de sangre brota de su nariz.

Milena comprueba el contenido de su bolso. El vestido rojo sigue ahí. Vuelve a colgárselo al hombro y se recompone el peinado. La mujer del Volkswagen, la contempla desencajada. “¿Y tú qué miras, pendeja?” se encara Milena, mientras recupera la silla. “¿Nos vamos, don Jon?”, le pregunta al abuelo con su voz más dulce.

Y reemprenden la marcha, ahora mucho más ligeros.

(*) “Hay días en los que el único alimento aceptable, respetable, es la Rabia”.

TEXTO: MARIBEL RUIZ.
FOTO: CRISTINA COSTALES.

Lo Erótico

Posted by : Le poinçonneur | 28 mar 2012 | Published in


*No puedo -tampoco me da la gana- dejar de compartir con todos Vdes. la exquisita ilustración que mi Susana Pozo ha damasquinado para el último número de la revista literaria Excodra. Disfrútenla como yo disfruto de la amistad de su autora.

Juanito XXXVII

Posted by : Le poinçonneur | 17 feb 2012 | Published in


El moderno contumaz que tienen sobre este texto -una especie de réplica de bolsillo de Nacho Vegas- es mi amigo Juan Vico, un tipo colorista recientemente reseñado en este libelo a cuenta de un relato erótico de la serie La Folie Nue.

Como dije en su día, son más de dos décadas las que llevamos de amistad, lapso en el que ha pasado de resoplar conmigo para tratar de aprobar Gimnasia -materia dañina y superflua: quítenla ya de los currículos- a convertirse en uno de mis ídolos terrenos.

Mi Juanito, que vive como quiere -como un Dios, básicamente- cumple hoy 37 años en su mejor momento desde todos los puntos de vista. Le deseo, al menos, otros 37 de plenitud -después, ya nos acompañaremos en las unidades hepáticas de cualquier centro hospitalario-.

Te quiero, cabrón.

Los cuentos de Maribel

Posted by : Le poinçonneur | 17 ene 2012 | Published in

Sería demasiado indiscreto -por implicar a terceros- narrar las circunstancias de mi encuentro -o reencuentro, según se mire- feisbuquero con Maribel Ruiz, notable cuentista y amiga in pectore, así que me ceñiré a decirles que me congratulo de anunciarles que he cerrado con ella su próxima colaboración en este su libelo, que es también el de todos Vdes. Así, hasta final de temporada, y una vez al mes, disfrutarán aquí de una selección de los atinados relatos de Maribel, escogidos por ella misma con precisión cirujana.

Esperando que la nueva les alegre tanto como a mí, les emplazo a estar localizables: en pocos días, el primero.

Nota: la imagen que ilustraba este post ha sido eliminada a petición de su autor.

Lady Blue Eyes

Posted by : Le poinçonneur | 5 dic 2011 | Published in


Es inútil revelar que, a los que oscilamos entre la modernez y el dandismo, lo que en realidad nos pasa es que nos va un cotilleo más que a un tonto un lápiz. Es por ello que gentes como mi amigo Álex y quien esto escribe nos echamos mano a la billetera en cuanto atisbamos la publicación de perlas como Lady Blue Eyes: my life con Frank Sinatra, autobiografía dictada de Barbara, cuarta consorte de La Voz tras Nancy Barbato, Ava Gardner y Mia Farrow -el mejor escribano echa un borrón-.

Lista cual galga, y con la luz más que pagada por gentileza del difunto, Barbara -ex de Zeppo Marx-, a sus 85, sabe que su vida importa tanto al público como a mí la de la Esteban, por lo que se centra, en vez, en detallar con calculada distancia las miserias de un Sinatra ya en la cuesta abajo y adicto a los Camel sin filtro, al Jack Daniel's y a los peluquines.

La pena es que los más connaisseurs echaremos de menos lo que la autora, por razones evidentes -ni conocía al divo ni le afectó el asunto- no puede contar: el aterrizaje desesperado de un cornudo Frankie en Tossa de Mar para arrancar a la Gardner de la cama de Mario Cabré, aquel torerito que todos hubiésemos querido ser.

Beyond the MILF

Posted by : Le poinçonneur | 16 jun 2011 | Published in


Como he dicho por aquí en alguna otra ocasión, y en tanto que experto comprador compulsivo, soy perenne fan de Taschen, esa fábrica alemana de libros que nadie lee, pero que dan un postín que te cagas al salón de cualquier moderno que se precie. En casa hay varios Taschen de la serie gamberra -Roy Stuart, The New Erotic Photography, The Playboy Book- que me divierte dejar a la vista en cualquier estante para escándalo de ciertas visitas -a propósito del asunto, llevo tiempo amagando con dejar lomo arriba en la mesa de centro The Big Penis Book, pero mi aguafiestera esposa me veta el capricho una y otra vez-.

Ahora, ahondando en la temática, mi editorial de cabecera se descuelga con Days of the Cougar, la crónica fotográfica de las aventuras sexuales de Liz Earls, una oronda californiana que, a sus late forties, perdió cuarenta kilos, le dio puerta a su marido y se decidió a pasar el resto de su vida tirándose a todo aquél que se pusiera por delante, siempre -condición indispensable- que tuviera la mitad de su edad. Desembridada, la Earls lleva años documentando sus maratones pélvicos en  Fantasy Capture, web aquí disponible a golpe de clic para mis lectores mayores de edad.

Por si algún imprudente aún no lo supiere, el término cougar hace referencia a aquella dama de más de 35 años que, como la feliz Liz, hace de su capa un sayo en lo carnal por la vía huracanada. Es de suponer que en lo sucesivo, con el concurso del sagaz Herr Taschen, el cougarismo va en camino, si no de extenderse, sí de divulgarse al menos en lo teórico.

Y yo que me alegro, oigan.

Semprún

Posted by : Le poinçonneur | 9 jun 2011 | Published in



El 12 de marzo de 1991, Jorge Semprún cesó -más bien, lo cesaron- como Ministro de Cultura de uno de los últimos Gobiernos de Felipe González. Yo, que nunca lo he leído -soy, ya saben, un memo- siempre vi en él un aire aristocrático que lo alejaba sideralmente del cutrerío de la mayor parte de la clase política nacional. Que pegaba poco de ministro estaba claro: nuestros lugares comunes dejan poco espacio para el dandismo.

Como Semprún era un sabio, lo primero que hizo tras su cese fue agarrar del brazo a su esposa Colette y largarse a París, a su casa de la rue de la Université, donde ayer mismo fallecía. Según feliz ocurrencia de Nicolas Sarkozy, para el exministro la plaza del Panteón era, aproximadamente, el centro del mundo. Compréndase: cualquiera que haya visitado la Ville Lumière comprobará que el Panteón es de ese tipo de edificios -por forma, y sobre todo, por fondo- que jamás existiría en un país como el nuestro.

Dejo para el interesado -también para el curioso- el texto de la entrevista que el recién traspasado escritor concedió hace unos meses a Juan Cruz para El País Semanal. No se pierdan la furia que Semprún descargó -como tantas otras veces- contra Santiago Carrillo, compañero de exilio comunista y santo de la devoción de este panfletero. Y es que los grandes, amigos, no aflojan ni a dos pasos de la tumba.

Mujeres en la ciencia ficción (Pablo)*

Posted by : Le poinçonneur | 17 ene 2011 | Published in

Quienes ven a la ciencia ficción como un género menor y asunto de frikis ociosos suelen albergar no pocos prejuicios contra los seguidores de historias que nos hacen viajar a los límites de la imaginación. Entre estos prejuicios está el que afirma que la ciencia ficción "no es cosa de mujeres", ¡craso error!

La ciencia ficción ha seguido una evolución similar al resto de géneros literarios y al de la creación audiovisual. Pasando por alto que el género comienza en 1818 con la publicación de Frankenstein o el moderno Prometeo (escrito por Mary Shelley, una mujer). A lo largo del siglo XIX y hasta la época del consumo de masas, es cierto que no se prodigan las mujeres autoras o protagonistas de las historias de ciencia ficción. Los personajes femeninos estaban prácticamente limitados a historias de amor cortés (cosa que no es mala per se). Autores como Verne y Wells usaban a las mujeres como contrapunto romántico sin darles importancia (más centrados en mostrar las maravillas de la modernidad).

Es en las primeras décadas del XX en que empieza a tomar más protagonismo el papel femenino en estas historias. Al principio, novelas baratas o por fascículos en antologías del género, repetían incesantemente el tema de la "damisela en apuros". Puedo poner un ejemplo moderno: en Star Wars (homenaje a los seriales de los años 30), la princesa Leia es rescatada dos veces (en el episodio IV de la Estrella de la Muerte y en el VI, del palacio de Jabba). Durante esos años se prodigan las historias de "planeta y espadas": cuentos sin pretensiones en los que los protagonistas viajan a Marte a rescatar a una princesa o historias similares. El autor más conocido de este subgénero es Edward Rice Burroughs que situaría sus folletines en unos inverosímiles Venus y Marte.

Tras la Segunda Guerra Mundial, comienza la llamada Época Dorada de la ciencia ficción. Se extienden los pulps y las revistas especializadas adquieren más popularidad que en ninguna otra época. Autores como Ray Bradbury, Isaac Asimov, Poul Anderson y editores como Campbell, dan un giro a la ciencia ficción abandonando el componente "fantástico" de las historias y centrándose en el aspecto científico. Lamentablemente, las mujeres siguen siendo personajes secundarios, no hay romanticismo y el amor es más probable que surja entre robots o alienígenas que entre personas.

La siguiente gran corriente de la ciencia ficción aparece con la nouvelle vague, aquí sí empieza a tomar protagonismo la mujer en estas historias. En ocasiones como reclamo puramente sexual (Jane Fonda en Barbarella, 1968, está de toma pan y moja), en otras como personajes con un trasfondo similar o superior al de los personajes masculinos (las Bene Gesserit de Dune, Frank Herbert, 1966). No ignoramos que coincide con la época en que las feministas quemaban sus sostenes y bailaban alrededor de las hogueras en los campus de medio mundo.

El éxito de las historias con personajes femeninos, hace que poco a poco vayan desapareciendo los estereotipos e incluso surjan autoras de notabilísimo éxito (Alice Sheldon, Ursula K. LeGuin, Vonda McIntyre, etc). La temática femenina se introduce en el género, cosa que da una visión de conjunto superior y enriquece sin duda los temas a tratar. Es la ciencia ficción el único género en el que se pueden plantear alternativas al mundo real, descripciones de sociedades matriarcales, la problemática de la natalidad en los viajes espaciales, etc. Bien es cierto que algunas historias feministas que pretenden describir mundos utópicos, pueden ser interpretados como distópicos según las lea un hombre o una mujer (El hombre hembra, de Joanna Russ). ¿No es genial la ciencia ficción?

A partir de los años 80, con el cénit del cyberpunk, las historias con protagonizadas por heroínas curiosamente nos llegan de Japón, un país culturalmente misógino para nuestra moral occidental. Destacan Appleseed y Ghost in the Shell. Si Schwarzenegger en Commando os pareció un tipo duro, tenéis que ver a Dneunan Knute en Appleseed.

En los últimos años y de forma paralela a la igualdad social de roles entre sexos, no sorprende a nadie ver a mujeres protagonizando historias de ciencia ficción. Algunos de los personajes que yo destacaría: la capitana de la USS Voyager, Kathryn Janeway (por tanto, protagonista de una de las series de TV de Star Trek. Y ni siquiera está buena la tía), la almirante Cain del insuperable remake de Battlestar Galactica (y encima es lesbiana, mola), la líder de los invasores en el remake de V, los visitantes... y una miríada de personajes secundarios que no necesariamente están para dar un contrapunto romántico a los argumentos, sino que aparecen como roles necesarios para el desarrollo de las historias.

Por último solo me queda rogar que aparezcan más autoras de género, ya que los personajes femeninos son imprescindibles para hacer historias creíbles y estos siempre estarán mejor dibujados por mujeres que por hombres, ya que los hombres jamás entenderemos a las mujeres. :-)

*No sé si alcanzo a expresarles mes a mes la alegría que siento ante las colaboraciones que, en forma de Special Guest Star, me -nos- regalan mis comentaristas más ilustres. En este 2011 aún reciente es Pablo quien rompe el celofán hablándonos de la cada vez más intensa relación entre el universo femenino y el género de ciencia ficción, tan recurrentemente machista en tiempos no muy pretéritos. Hagan un huequecito en su mañana lunera y aprendan de quien mucho sabe.

Richard y Liz

Posted by : Le poinçonneur | 25 nov 2010 | Published in

A mí, que no soy Terenci Moix en lo que respecta al amor por el cine clásico, Elizabeth Taylor se me antoja, a estas horas, un trasunto hollywoodiense de Marujita Díaz. No seré yo, empero, quien niegue su trascendencia para el séptimo arte, mas en lo antiguo siempre preferí el celuloide europeo -Truffaut, Berlanga, Malle- al norteamericano, a mis ojos demasiado relamido para interesarme verdaderamente.

Si soy objetivo, me cuesta comprender el mito alrededor de una mujer cuya última película es una de las entregas de Los Picapiedra y que no tendrá en su haber más de una decena de trabajos realmente destacables. Si, por el contrario, me decanto por la subjetividad, no puedo sino adorar a la Taylor y a su vida privada, a todas luces más interesante que la fílmica.

Conrad Hilton Jr., Michael Wilding, Michael Todd, Eddie Fisher, John Warner y Larry Fortensky fueron seis de los incautos que matrimoniaron con la estrella de los ojos violeta, sólo superada en ímpetu casadero por la hoy extremauncionada Zsa-Zsa Gabor -nueve enlaces, incluyendo el falso príncipe Frédéric von Anhalt, cuya sabrosas circunstancias dejo para otro post-.

El interés, sin embargo, queda reservado para Richard Burton, que para Liz fue, sucesivamente, quinto y sexto marido. Se conocieron en 1963 durante el rodaje romano de Cleopatra a las órdenes de Mankiewicz. Él estaba casado con Sybil Williams; ella, con Fisher. Del conocimiento profesional pasaron al carnal a la velocidad del rayo, descuidando el trabajo y convirtiendo Cinecittà en una cama gigante donde dieron rienda suelta a su pasión para desespero de una Fox al borde de la quiebra y cuya salvación dependía del éxito de la película. Cada vez que oigo su voz tengo un orgasmo, llegó a decir ella. Grande fue el desespero de Mankiewicz; mayor, el de Sybil y Eddie, transidos de los cuernos al abandono por vía sumarísima.

Burton y Taylor se casaron en cuanto obtuvieron sus respectivos divorcios. Se separaron en 1974 para volverse a prometer al año siguiente. Doce meses después, nueva ruptura. Entre medio, una de las más intensas y tormentosas historias de amor de la historia de Hollywood.

Ahora, Lumen publica en España El amor y la furia (La verdadera historia de amor de Elizabeth Taylor y Richard Burton), una doble biografía a cargo de los periodistas Sam Khasner y Nancy Schoenberger que ha contado con el asesoramiento de la propia actriz británica. Es de suponer el repaso a las continuas peleas de la pareja, solventadas en huracanadas sesiones sexuales envueltas en los mil diamantes que Burton regaló a su esposa. También, se supone, se contará el encontronazo entre el caniche de la diva y la perla Peregrina, comprada a precio de saldo por el astro galés y que Taylor -díganle tonta- se cuidó, según su costumbre, de conservar tras partir peras.

Richard Burton murió en un pequeño pueblo suizo el 5 de agosto de 1984. Pocos días antes, había escrito una carta. La misma carta de amor que Liz Taylor se encontró en su buzón tras regresar del funeral de quien fue el hombre de su vida.

El mundo se divide entre los que ríen con chistes de pedos y los que no*

Posted by : Le poinçonneur | 16 nov 2010 | Published in


*Certera resulta la apreciación del novelista Jonathan Ames, anteayer en El País Semanal. Yo, claro, soy de los que sí.

El Rey pillín

Posted by : Le poinçonneur | 8 nov 2010 | Published in


Hasta ahora, para los aficionados al Gotha, el rey Carlos XVI Gustavo de Suecia ocupaba un discreto y nórdico lugar apenas empañado por antiguas noticias sobre supuestas persecuciones autopisteras entre los Porsche de Su Majestad y de su hijo Carlos Felipe, otrora heredero defenestrado en favor de su hermana Victoria por un Parlamento que, al contrario que otros más meridionales, se dedica a hacer su trabajo.

La paz de los Bernadotte, empero, acaba de irse al garete con la jugosa biografía en que tres periodistas del país escandinavo atribuyen al Monarca diversas y huracanadas aficiones que podrían resumirse en dos: las fiestas privadas y los clubes de alterne. Se detalla, incluso, el romance real con Camilla Henemark, la cantante del grupo pop Army of Lovers.

No finarían aquí las travesuras regias, ya que, según los autores, el jefe del Estado solía frecuentar la discoteca de un mafioso serbio donde se emborrachaba y ponía en peligro su propia seguridad. El Sapö -divertido nombre para el servicio secreto sueco- se encargaría de borrar los rastros comprometedores.

Ante la tormenta, Carlos Gustavo se ha visto obligado a comparecer ante los medios de comunicación para explicarse. Sorpresivamente, en vez de negar las revelaciones, se ha limitado a indicar que, dado que lo contado habría acontecido hace ya mucho tiempo, él y Silvia han decidido echar pelillos a la mar sin entrar en incómodos pormenores. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Espero, ansioso, la traducción española.

Elegía*

Posted by : Le poinçonneur | 4 nov 2010 | Published in



(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
a quien tanto quería).

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

10 de enero de 1936.

*En atinada iniciativa, Emilio y Álex proponen que los blogueros inundemos Internet de obras de Miguel Hernández con motivo del primer centenario de su nacimiento. Escojo yo Elegía. Vaya por Miguel, por Ramón y por todos Vdes.

Horny Tony

Posted by : Le poinçonneur | 25 oct 2010 | Published in


Esa noche me meció en sus brazos, me dijo lo que necesitaba oír, me dio fuerzas... Aquel 12 de mayo de 1994 necesitaba de forma egoísta ese amor que Cherie me daba. Lo devoré para que me diera fuerzas. Era como un animal siguiendo mi instinto.

Las encabritadas líneas anteriores pertenecen a Un viaje, el reciente volumen de memorias del antiguo premier Tony Blair. Si ya resulta insólito que un estadista -risas enlatadas- difunda sus intimidades venéreas en lo que se antojaba testamento político, la cosa toma cariz de cuchufleta al divulgarse que el autor de tan lamentable relato acaba de ser nominado al Bad Sex Award, el premio que la revista británica Literary Review otorga cada año a la peor escena de sexo publicada en las islas.

Tardando está ya mi admirado Ramón de España en dedicar una de sus mordaces columnas al inédito aspecto cachondón del íntimo de Aznar, mas yo, desde aquí, me veo compelido a romper una lanza en su favor.

Y es que, amigos, quien es capaz de entonarse de esa forma con alguien que sonríe así merece premios, laureles y hasta una estatua ecuestre, tal es su mérito.

Empar Moliner y las muertes absurdas

Posted by : Le poinçonneur | 6 oct 2010 | Published in



VÍDEO: TV3.

Elvira

Posted by : Le poinçonneur | 18 sept 2010 | Published in