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Elektra King

Posted by : Le poinçonneur | 15 feb 2010 | Published in

A finales de los noventa, los incondicionales de la saga double O-seven ya habíamos aceptado al apolíneo Pierce Brosnan como sustituto del fugaz Timothy Dalton, bajo cuya esforzada pero ineficaz égida la franquicia acabó la década anterior en estado comatoso. El irlandés, años atrás, ya había sido el candidato original de los Broccoli para suplir al simpar Roger Moore hasta que su ligazón contractual con el folletín Remington Steele echó al traste las negociaciones.

En cuanto a su performance, el penúltimo Bond fue de menos a más en sus cuatro incursiones fílmicas, en las que acabó por encontrar un correcto tono a medio camino entre la socarronería de Moore y la contundencia del primer Connery, sin conseguir igualar a ninguno de los dos.

En su tercera cinta -la irregular El mundo nunca es suficiente (1999)-, el extelevisivo se enfrenta al delirante Renard, interpretado por un desquiciado Robert Carlyle recién salido de Full Monty. Renard -sin duda el villano más imbécilmente lamentable de toda la serie- es un terrorista que pretende alterar el comercio mundial de petróleo y que se caracteriza por tener una bala incrustada en el cerebro que le hace insensible a cualquier dolor y que multiplica su fuerza física hasta extremos abracadabrantes. El proyectil, que se desplaza lentamente en su sesera, ha de acabar por matarle, pero, hasta entonces, le convierte en un trasunto canijo del increíble Hulk. El potaje es tan infumable que no gastaré más líneas en tratar de aclararlo: que lo haga quien se atreva.

Así las cosas, más que nunca, el interés de la propuesta reside en la escuadra femenina, compuesta en esta ocasión por la italiana Maria Grazia Cuzinotta -vista y no vista como la chica del cigarro- y la estadounidense Denise Richards, tan recauchutada como apetecible en su rol de la científica nuclear Christmas Jones.

Hasta aquí detallo lo recurrente: entro ahora en el terreno de lo áurico. Y es que la partenaire principal de 007 no es otra que la francesa Sophie Marceau -poco dada al género de acción-, cuya exquisitez se encarna en la rica heredera Elektra King, a quien Renard secuestró y acabó captando para su organización en un claro guiño a la historia real de la mítica Patty Hearst. De acuerdo con su gilipollesco cómplice, la tornadiza socialite no tiene otra obsesión que cargarse Estambul haciendo estallar un submarino atómico para, de paso, y aprovechando el caos subsecuente, reconducir el transporte de crudo oriental hacia Europa al oleoducto que acaba de inaugurar.

A pesar de lo hilarante del planteamiento, la gélida King, bellísima e inasible, se conduce por el metraje con tal contundencia que llega a hacer olvidar las más que tremendas lagunas argumentales, concentrando con justicia la atención que su carisma merece. Tras engatusarlo y manipularlo hasta la exageración, acaba sorpresivamente muerta de un disparo por un Bond enrabietado ante su propìa impotencia, componiendo una escena tan tremebunda como inolvidable para los amateurs. Quede, empero, para la historia la deliciosa secuencia en que una desembridada Marceau tortura a su rival en un remedo finolis de nuestro patrio garrote vil: dulce punición, voto a Bríos.

FOTO: MGM/DANJAQ/UA.

Camille Montes

Posted by : Le poinçonneur | 8 ene 2010 | Published in

Me produce especial repelús la actual tendencia revisionista que los grandes estudios aplican en relación a sagas míticas más que consolidadas en el imaginario colectivo. Normalmente, la cosa consiste en rodar en penumbra -que siempre aporta solemnidad-, multiplicar por cuatro las escenas violentas y poner de protagonista a un tío con cara de palo que convierta a Lee van Cleef en Jim Carrey por la vía de la comparación. Pestiños como El caballero oscuro son el resultado.

Incondicional que soy de la franquicia de los Broccoli desde mucho antes de la pubertad, es fácil suponer mi inquietud cuando se anunció el nuevo giro que se daría a las desventuras del veterano agente isabelino a través del fichaje de Daniel Craig. Previo pago de la entrada, llegó la tranquilidad: a pesar del shock que me supuso ver a Bond en porreta sufriendo tortura en sus partes íntimas, la propuesta se me antojó deslumbrante. Refundación sí, pero de la buena.

Y es que tal fue el éxito de la inapelable Casino Royale que acabó por desmerecer a Quantum of solace, su más que correcta secuela. Ciertas deficiencias narrativas, agudizadas por una inédita continuidad argumental -nunca un filme Bond retomó el hilo del anterior- dejan en notable bajo lo que antes fue matrícula. No pasa de ahí el drama, por más que se empeñen algunos agoreros. Sólo la espectacular car chase del inicio, la mejor desde Goldeneye -Aston contra Alfa: el sueño de un connaisseur- vale más que las tres Matrix juntas. Reseñables también los villanos: Mathieu Amalric -el correoso conseguidor Dominic Greene- y Jesper Christensen, tan afortunado como inasible en su rol de Mr White, el líder de Quantum, trasunto posmoderno de la antigua SPECTRA de los tiempos de Connery.

Con todo, lo diamantino de la propuesta se encarna, una vez más, en la protagonista femenina. Nadie mejor que la desarmante modelo rusa Olga Kurylenko para dar vida a Camille Montes, una improbable boliviana de origen eslavo dispuesta a todo para vengar a sus padres, asesinados por el travieso general Medrano -Joaquín Cosio-, postizo exdictador del país andino.

La historia traumático-justiciera de la Montes remeda al instante a la Melina Havelock que Carole Bouquet bordó en Sólo para tus ojos. La gran diferencia entre ambas reside en que, mientras la francesa rezumaba fría sofisticación, la contemporánea Kurylenko exuda puro sexo desde el primer minuto.

Descalza, magullada y embutida en un vertiginoso traje negro en medio del desierto chileno, la más reciente bondette -que actúa, además, de forma muy correcta-, está tan desfachatadamente buena que su contemplación debiera estar prohibida para alguien que, como el que esto escribe, tuviera antecedentes de problemas cardíacos.

Ayer, despreciando el peligro, la paladée en Blu-ray y a 42 pulgadas. En el fondo, en mi familia, llegar a viejo siempre resultó una ordinariez.

Tracy di Vincenzo*

Posted by : Le poinçonneur | 6 dic 2009 | Published in

Con permiso del Casino Royale de David Niven, 007 al servicio secreto de Su Majestad -OHMSS para los incondicionales-, estrenada en 1969, es, posiblemente, el filme más desconocido de la saga double O-seven. Inencontrable durante décadas en VHS, hoy, felizmente, reluce en las múltiples antologías en DVD dedicadas al personaje. Justicia, como decían los antiguos, es dar a cada uno lo que le corresponde.

Es fácil suponer el impacto que debieron sufrir Harry Saltzman y Cubby Broccoli ante la decisión de Sean Connery de no volver a vestirse de esmoquin tras Sólo se vive dos veces. Al instante, y viendo peligrar su imperio, los avispados entepreneurs se lanzaron a un proceso de selección casi mundial en que se entrevistó a cientos de candidatos -todos descartados-, hasta que un anuncio televisivo de perfumes reveló a quien había de llevarse el gato al agua: el modelo australiano George Lazenby, de rotunda planta pero nula experiencia cinematográfica.

Lo que sigue es más que conocido: Lazenby firmó por siete largometrajes, pero un cúmulo de desencuentros con Broccoli y la tibia acogida de la taquilla hacia su debut propiciaron que éste, además, adquiriera carácter de despedida, ante el retorno de Connery en 1971 para protagonizar la irregular Diamantes para la eternidad a cambio de una suma probablemente obscena.

OHMSS, en consecuencia, se convirtió en un título, si no maldito, sí arrinconado por el gran público, que, imprudente, apenas sabe de su existencia. Un selecto colectivo de connaisseurs -en el que me atrevo, ufano, a incluirme- lo consideramos, por el contrario, el mejor de la serie. Y es que Lazenby -desde aquí lo proclamo- fue, en su única incursión, un Bond excelente, por presencia, charme, socarronería y la capacidad autoparódica de que tanto carecía su antecesor, y esto, a quien quiera, se lo digo en la calle sin problema alguno.

Amén del afortunado protagonista, el filme basa su eficacia en un más que inspirado casting, en que destacaron el gran Telly Savalas como el líder de SPECTRA Ernst Stavro Blofeld o la alemana Ilse Steppat en la piel de Irma Bunt, su lugarteniente. Los secundarios habituales -Lois Maxwell, Desmond Llewelyn- y las espectaculares escenas de acción alpina rodadas en glaciares suizos remataron un conjunto adornado por una estética pop tan contundente como inolvidable.

Lo mejor, sin embargo, no reside en nada de lo anterior, sino en las delicadas formas de la bondette principal. Y es que Saltzman y Broccoli se descolgaron contratando nada menos que a Diana Rigg, la más que celebérrima Emma Peel de la serie televisiva Los vengadores.

Dejamos, pues, la historia para abrazar directamente la lírica: nada sino poesía puede brotar para glosar a la más maravillosa de las partenaires jamás soñada por galán alguno. A la star británica se le adjudicó el papel de Teresa Tracy di Vincenzo, caprichosa condesa francoitaliana hija de Draco -Gabriele Ferzetti-, un hampón que se alía con 007 para poner fin a los desquiciados planes exterminadores del villano Savalas. Rescatada por Bond de un frustrado suicidio marino, la asilvestrada Vincenzo acaba conquistando a un Lazenby que hace lo que cualquier hombre en sus cabales: proponerle matrimonio, colmando de felicidad a su futuro suegro, deseoso de que su rebelde retoño siente por fin la cabeza.

Para nuestra desgracia -y el correcto funcionamiento de la franquicia-, Tracy fallece tiroteada por Bunt escasos minutos después de la ceremonia, dejando un viudo tan desconsolado como libre para encamarse en lo sucesivo -infeliz- con quien juzgue menester.

Difícil, en cualquier caso, regresar a lo mundano cuando se ha conocido -siquiera fugazmente- lo sublime.

*A título de curiosidad, el personaje de Tracy Bond fue recuperado, aunque tangencialmente, en el inicio de Sólo para tus ojos, cuando, poco antes de deshacerse definitivamente de Blofeld, Roger Moore deposita flores ante una tumba cuya lápida reza: TERESA BOND, 1943-1969. BELOVED WIFE OF JAMES BOND. En otros filmes de la serie se ha hecho referencia a la viudez de 007, aunque nunca de forma tan explícita.

FOTO: MGM/DANJAQ/UA.

Octopussy

Posted by : Le poinçonneur | 7 oct 2009 | Published in

Mi legión de incondicionales ya conoce de mi debilidad absoluta hacia sir Roger Moore, de lejos, el más reivindicable de los 007. Frente al hieratismo de Connery, Moore aportó al personaje un toque de pimienta camp tan necesario como infalible en una serie que empezaba a mostrar signos de agotamiento.

Octopussy, estrenada en 1983, constituyó la penúltima aparición del divo enfundado en el esmoquin de double O-seven, siendo todavía, un cuarto de siglo después, una de las más coloristas y descacharrantes entregas de la saga. Ambientado en buena parte en la India, el filme goza de una inolvidable tríada de villanos encarnada por Sandokán Kabir Bedi -el sikh Gobinda-, Steven Berkoff -el travieso general soviético Orlov, siempre puesto a apretar el botón-, y, sobre todo y todos, el magistral Louis Jordan, en la piel de Kamal Khan, un socarrón ladrón de joyas venido a más que merece, por derecho propio, figurar en los anales del subgénero. Un malvado, en suma, en las antípodas del gilipollesco Renard de El mundo nunca es suficiente -Robert Carlyle-, sonrojante ejemplo de lo que no hay que hacer para evitar ofender a quienes veneramos la franquicia.

Retomando Octopussy, Cubby Broccoli quiso asegurar el tiro en la elección de la protagonista femenina, volviendo a marcar el teléfono de Maud Adams, actriz y modelo sueca que ya había aparecido como secundaria casi una década atrás en El hombre de la pistola de oro. La nórdica, en consecuencia, pasó a la posteridad como la única bondette que ha aparecido en dos películas del siervo de Su Graciosa Majestad, acontecimiento insólito y únicamente achacable a su incontestable carisma.

Tan embriagante como peligrosa, propietaria de un circo, administradora de una isla-fortaleza poblada exclusivamente por mujeres y aficionada a los kilates ajenos, Octopussy-Adams, además de tener a letales pulpos venenosos como animales de compañía, reivindicó la capacidad de seducción de la mujer madura, estando la artista ya próxima a la cuarentena al iniciarse el rodaje. Algo, en todo caso, impensable hoy día, en que las starlettes parecen caducar apenas cumplidos los treinta.

El canalla Moore, como cualquiera en su lugar, no pudo sino caer a sus pies. Feliz descenso, en todo caso.

FOTO: MGM/DANJAQ/UA.

Vesper Lynd

Posted by : Le poinçonneur | 20 sept 2009 | Published in


Si yo ya me cago de gusto con todo lo relacionado con el agente 007, puede imaginarse mi impresión cuando, hace tres años, se anunció la refundación de la saga a través de Casino Royale, segunda adaptación de la que fue novela-debut del eterno Ian Fleming.

Con cambio de protagonista incluido: después de una razonable performance por parte del galano Brosnan, los focos alumbraron a Daniel Craig, presentado por más de un mentecato como el primer Bond rubio. Como si Roger Moore peinara ala de cuervo.

El filme, sombrío, retrata con contundencia a un nuevo espía rebobinado a sus orígenes. Recién la licencia para matar, el del MI6 parte a Montenegro para jugarse los dineros isabélicos en una partida de póquer contra el llorica Le Chiffre, cajero del terrorismo internacional. Buena la ambientación, fantástica, una vez más, Judi Dench -¿cómo M pudo ser hombre alguna vez?-, impecable Craig, para algunos aventurados -o quizá no tanto- el mejor de la serie.

Mas no ha de posarse aquí la leyenda futura de Casino Royale, sino en el carisma llameante de Eva Green, la parisina que hace de su Vesper Lynd bondette de referencia para décadas, quién sabe si centurias. Tesorera del Gobierno británico, ha de proporcionar a Bond los caudales destinados al envite, a través de un mar de contraseñas informáticas y transferencias bancarias sólo al alcance de su privilegiado intelecto.

Imborrable el meeting ferroviario, astracanante el porrazo del Aston -¿por qué, Providencia?-, Casino Royale destila kilates de principio a fin.

Y es que, aun remontándonos al Dr. No de 1962, ninguna ha mirado como Vesper, ninguna ha sonreído como Vesper.

Ninguna, ni de lejos, se me ha clavado en el tuétano como mi Eva.

Desde aquí, entregado, le rindo pleitesía.

FOTO: MGM/DANJAQ/UA.

Pussy Galore*

Posted by : Le poinçonneur | 6 sept 2009 | Published in


Título referente para todos los incondicionales de la saga, Goldfinger fue estrenada en 1964 en plena consolidación del personaje creado por Ian Fleming y galanamente encarnado por el infalible Sean Connery. Al margen del villano -soberbio Gert Frobe- y el delicioso Aston del protagonista, la cinta transcurre con trepidación entre lingotes de oro, Rolls-Royces kiláticos y bombines cortacuellos -inolvidable Harold Sakata-. Para la historia queda.

Empero, lo más memorable de Goldfinger no es nada de lo anteriormente expuesto. La auténtica esencia del filme cimbrea en las formas de Pussy Galore, la rubia capitana de un equipo de aviadoras -tan bravías como descaradamente sáficas- que irrumpe en el último tercio de metraje al mando de sus amazonas con la intención de impedir el éxito de la misión del siervo de Su Graciosa Majestad.

Exquisita, malvada, erótica, matadora. Hecha carne por la británica Honor Blackman, la Galore -Pussy, lúbrico patronímico- golea en prestancia y contundencia a la mema Honey Ryder que Ursula Andress pergeñó en Agente 007 contra el Dr. No. Al final, los más imprudentes entenderán que es Bond quien doma a su rival, cuando, en el fondo, y como es natural, no es sino al revés.

Hoy día, la irregular Andress sigue viviendo de rentas por aquello de ser la primera, mientras que a la muy superior Blackman sólo la recordamos los connaisseurs.

Hay que joderse.

*Inicio aquí una serie de artículos en los que repasaré a alguna de las más desarmantes partenaires que los distintos agentes 007 han ido disfrutando a lo largo de la serie. Imprescindibles en mi educación erótica y sentimental, qué menos que dedicarles unas líneas a modo de agradecimiento.

FOTO: MGM/DANJAQ/UA.